21 de mayo de 2019 | Actualizado 21:38

La logística del azogue

Una rudimentaria y precaria cadena de suministro permitió transportar azogue desde las minas españolas de Almadén hasta el Nuevo Mundo para extraer minerales en el siglo XVI

El subsuelo de Almadén, una de tantas villas españolas con topónimo derivado del árabe, combinado con una logística rudimentaria e intermitente, resultaron indispensables para exprimir la riqueza del continente descubierto por Cristóbal Colón en 1492. Desde la época romana se conocían las cualidades del mercurio para la extracción de oro y plata. Sin embargo, no fue hasta el descubrimiento de América que esta característica para crear la amalgama de plata hizo especialmente necesario el transporte del azogue al Nuevo Mundo para la extracción de éste y otros minerales. 

A mediados del siglo XVI, las autoridades de Nueva España solicitaron en repetidas ocasiones la llegada de mercurio desde Europa. En  este contexto, resurgió el papel de las minas de Almadén (Ciudad Real) que, conocidas desde antes de Plinio (siglo I d. C.), ha sido el yacimiento de azogue más importante de la historia, actualmente clausurado. Se estima que las entrañas de este municipio de Castilla La Mancha han sido la cuna de la tercera parte del mercurio consumido por la Humanidad.

Los oficiales reales de México enviaron al monarca Felipe II una misiva el 3 de julio de 1557 para que les enviaran cuatro o cinco mineros de Almadén que pudieran encontrar cinabrio en aquellas tierras, pero no se puso mucho empeño en descubrir yacimientos en tierras americanas. También aprovecharon la ocasión para reclamarle, una vez más, la llegada de azogue de las minas manchegas.

Los primeros 264 quintales y 82 libras de azogue de las minas de Almadén llegaron a México en 1559

El rey, espoleado por la posibilidad de extraer más plata y poder aumentar sus beneficios, ordenó al gobernador de las minas de Almadén, Ambrosio Rótulo, que obtuviera la mayor cantidad posible para embarcarla a América, “porque soy informado que es allá muy necesario para beneficiar el metal de la plata con más facilidad y a menos coste de lo que se hace”. Felipe II se refería al procedimiento conocido como “beneficio de patio”, del que informa en México el sevillano Bartolomé de Medina en 1555.

En 1559, el puerto de San Juan de Ulúa en Veracruz (México) recibió la primera carga de cinabrio almadenense. Los 264 quintales y 82 libras de azogue se vendieron por almoneda y los primeros 50 quintales fueron rematados a favor de un minero de Tabasco por 450 maravedíes el quintal. De esta forma, dio comienzo un flujo que se mantendría activo, a pesar de problemas de suministro de todo tipo y de orden financiero, durante siglos.

La logística y el transporte del azogue mejoró progresivamente con la consolidación de la ruta Almadén-Sevilla-Veracruz. Felipe II puso en marcha diversas cédulas reales para facilitar el transporte del mercurio desde la ciudad manchega hasta el puerto sevillano. La real cédula del 19 de marzo de 1581 establecía que las carretas y recuas no pagarían en el trayecto derechos de portazgo, barcajes ni alcabalas, por tratarse de hacienda del monarca.

Cuadro de Alonso Sánchez Coello del puerto de Sevilla en el s. XVI con la Flota de las Indias / Museo de América

Los envíos a Sevilla iban al cargo de un comisario, que entregaba formalmente los baldreses (bolsas de cuero) llenos de mercurio fundido en la Casa de la Contratación. El cometido de este comisario consistía en ayudar a los carreteros en el trayecto desde Almadén, evitar que los baldreses llenos de cinabrio se mojasen y conseguir que el enclave sevillano recibiera el azogue en cualquier época del año. Las caravanas tenían la potestad, ejercida a través del comisario, de embargar pastos y carros durante el viaje. Además, los transportistas tenían ciertos privilegios para sacar de Sevilla cargas de mercancías, mantenimientos y otros. Pese a la responsabilidad ejercida por el comisario, en más ocasiones de las deseables, su labor no alcanzaba para llegar a buen puerto en los plazos y costes necesarios. Fácilmente transcurría un año desde la extracción del mineral hasta la llegada a su consumidor final en el Nuevo Mundo.

Al llegar las carretas a Triana, se descargaba el azogue y se convenía allí su porte hasta las atarazanas del puerto. Aunque ya se había pesado en Almadén de forma generosa, de tal forma que sobrase, lo cierto es que al ser pesado en Sevilla acostumbraba a faltar. Esto era debido a que los arrieros y los carreteros entregaban el azogue suelto o mojado, aunque también se producían lo que hoy denominaríamos “pérdida desconocida”. Como término medio, el comisario de azogues Juan de Resa cuantificaba una merma de dos quintales cada mil en el trayecto entre la mina y Sevilla en 1670. 

Las demoras en el empacado producían grandes desavenencias entre carreteros y oficiales de la mina

Tampoco en esta época fueron fáciles las relaciones entre transportistas y cargadores. “A menudo, por demoras en la saca y empacado en Almadén, se exigía a los carreteros que esperaran, lo que produjo grandes desavenencias entre éstos y oficiales de la mina y otros oficiales reales”, explica el catedrático Mervyng Francis Lang, de la Universidad de Saldford, en su obra ‘Las flotas de la Nueva España’. También se producían problemas por la disponibilidad de carretas y recuas en determinadas fechas climatológicamente adversas. Todo ello no era óbice para que las carretas, de regreso a Almadén, evitaran viajes en vacío y llevaran hierro, acero y otros enseres necesarios para la mina, así como otros encargos.

Proceso de ensacado del azogue para su posterior transporte / Biblioteca Nacional

En la atarazana del puerto, convenientemente más vigilada esta mercancía que otras, se echaban las bolsas unas sobre otras, con su consiguiente deterioro, y ahí permanecían hasta que el azogue era enviado a las Indias. El producto almacenado en la Casa de Contratación se empaquetaba en porciones de dos arrobas en un baldrés de cuero atado con una cuerda de cáñamo. A su vez, este envase se reforzaba con un segundo baldrés y aún con un tercero. Las bolsas se metían en un pequeño barril y éstos, de tres en tres, se colocaban en un cajón de madera. Después de clavar la tapa de los cajones, los rodeaban con cuerdas de cáñamo y esparto y marcaban en la cubierta las armas reales. Sin embargo, con el paso de los años y producto de los fallos y retrasos cosechados durante este segundo empaquetado en Sevilla, se decidió que estas labores se realizaran ya directamente en Almadén.

El suministro de los baldreses también representaba un quebradero de cabeza de esta dificultosa logística del azogue. Era habitual la escasez de estas bolsas de cuero, de las que se necesitaban 24.000 para el empacado de 4.000 quintales. Fabricar el packaging en plazo fue especialmente complejo si, además, tenemos en cuenta que la morosidad campaba a sus anchas y ello provocaba la falta de baldreses en Almadén y Sevilla a tiempo. A pesar de ello, estos recipientes fáciles de reventar no contaron con una alternativa viable hasta finales del siglo XVIII, con la elaboración de envases de hierro, mejora técnica que permitió acelerar el flujo con la eliminación de los empaquetados intermedios en Sevilla o en Cádiz.

Sólo las dos naves de mayor tonelaje de cada expedición, las naos almirante y capitana, iban cargadas de azogue

En todo caso, embalado de esta forma, el azogue se transportaba en barcaza por el Guadalquivir hasta Sanlúcar de Barrameda o Cádiz, donde era embarcado rumbo a Veracruz (México) en la flota de Indias. El azogue era un bien tan preciado que sólo se permitía que las dos naves de mayor tonelaje y mejores defensas de cada flota (las naos almiranta y capitana) fueran las encargadas de realizar el transporte entre la Península Ibérica y el Nuevo Mundo.

El viaje marítimo tampoco estaba exento de riesgos y penurias. Las malas condiciones de las embarcaciones, la climatología, la piratería y los accidentes se situaban entre los principales escollos para alcanzar el destino con éxito. Para muestra, un botón: los galeones ‘Guadalupe’ y ‘Tolosa’, ambos construidos con características especiales para albergar azogue en sus bodegas, acabaron naufragando en 1724 a causa de un huracán en la costa noreste de la República Dominicana.

Cuando la mercancía llegaba al enclave jarocho de San Juan de Ulúa, algunas porciones quedaban en Veracruz y otras las transportaban los arrieros hasta México por un precio de 63 pesos por cada seis cajones. Entre los años de 1559 y 1570 llegaron al puerto de San Juan de Ulúa más de 9.071 quintales de azogue, una cifra que continuó creciendo hasta mediados del siglo XVII. Aunque se encontraron minas de azogue en el Nuevo Mundo, como la de Huancavélica (Perú), su producción no fue nunca lo suficientemente importante como para abastecer la demanda de cinabrio necesaria para extraer la plata y el oro del continente americano. Además del mercurio de Almadén, hasta finales del siglo XVII se hizo necesaria la compra de mineral extranjero para reexpedirlo a Nueva España, Honduras, Guatemala, Nuevo Reino de Granada, Santo Domingo y Perú. Pero eso ya es azogue de otro quintal.