18 de septiembre de 2019 | Actualizado 15:19
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Un proyecto de altura: 10 años de la T1 de Barcelona

La ampliación más emblemática de Barcelona-El Prat permitió a la instalación un salto de escala para convertirse en un aeropuerto de primer nivel

La terminal T1 del Aeropuerto de Barcelona cumple su primera década de funcionamiento. Se trata del proyecto de ampliación más emblemático de la instalación aeroportuaria, con un edificio de unos 525.000 metros cuadrados cuya inversión superó los 1.200 millones de euros. Su desarrollo fue posible gracias al Plan Director del aeropuerto, que este 2019 también cumple 20 años desde su aprobación. Ambos permitieron que Barcelona sea hoy en día uno de los aeropuertos de referencia del Mediterráneo.

LA IMPORTANCIA DE LA PREPARACIÓN: EL PLAN DIRECTOR DE 1999
El ministerio de Fomento aprobó el Plan Director del Aeropuerto de Barcelona-El Prat en octubre de 1999. A través de este, se diseñó la tercera gran operación de transformación aeroportuaria de su historia, después de las ampliaciones de 1968 y 1992. El plan buscaba dar respuesta al creciente número de mercancías y pasajeros de la ciudad y, para conseguirlo, se proyectó un ambicioso objetivo: construir una nueva terminal. Suponía la orientación del desarrollo del aeropuerto hacia un sistema de dos terminales, un modelo que permitía la diferenciación de producto de las distintas compañías aéreas, que mejoraba la operación del campo de vuelo y la experiencia del pasajero, entre otros. Diez años después, aquel plan inicial no ha salido exactamente como se esperaba y la terminal T2 ha quedado relegada a una presencia prácticamente testimonial.

No obstante, el plan no consistió solamente en el desarrollo de la nueva terminal. Otros puntos destacados del mismo fueron la modernización de las instalaciones, la aprobación de la declaración de impacto ambiental y la habilitación de una tercera pista en el aeropuerto, que entró en servicio en octubre de 2004. Esto supuso la ampliación de la terminal existente en más de 30.000 metros cuadrados, un 30% de la superficie que existía antes de la aprobación del Plan Director. Además, también se puso en marcha una nueva torre de control.

LAS AMPLIACIONES DE 1968 Y 1992
En 1968, se inauguró un nuevo edificio de terminal de pasajeros, que actualmente es el ala más vieja de la T2 B. Posteriormente, con la llegada de los Juegos Olímpicos de 1992 a Barcelona, se planteó el reto de absorber el tráfico asociado a la celebración del evento deportivo. A causa de ello, ese año se amplió y modernizó la terminal de pasajeros, la B, y se construyeron las terminales A y C. Ese año se superaron por primera vez los diez millones de pasajeros.

UNA NUEVA TERMINAL CON FORMA DE ESPADA
La construcción de la terminal T1 es el hito más destacado desde la inauguración del aeropuerto en 1916. Previamente conocida como ‘Terminal Sur’, comportó la habilitación de nuevos accesos viarios y ferroviarios, así como la urbanización de más de 300 hectáreas. Las autoridades políticas de la época inauguraron la terminal el 16 de junio de 2009. Desde entonces y hasta en cuatro ocasiones, el Aeropuerto de Barcelona-El Prat ha sido designado como mejor aeropuerto del Sur de Europa en los World Airport Awards.

De izquierda a derecha: José Montilla, José Luis Rodríguez Zapatero y José Blanco, durante el acto de inauguración de la terminal T1 | Gobierno de España

Concretamente, las actuaciones contempladas dentro del proyecto consistían en la construcción de la nueva terminal, un edificio de aparcamientos, una central eléctrica, nuevos accesos y su correspondiente urbanización. Con una inversión que superó los 1.200 millones de euros, se trata de una terminal con forma de espada que es cuatro veces más grande que las tres terminales que conforman la T2, con una ‘hoja’ de 654 metros de largo y 36 de ancho, lo que equivale a diez carriles de autopista. En total, la superficie es de 525.000 metros cuadrados o 82 campos de fútbol. Además, dispone de una plataforma de estacionamiento para aeronaves de 600.000 metros cuadrados y se compone de cuatro niveles, siendo el nivel tres el que corresponde a la fachada principal.

Esquema de la remodelación del aeropuerto. Aeropuerto de Barcelona

El proyecto estuvo a cargo del arquitecto Ricardo Bofill, que también diseñó las reformas anteriores de la infraestructura aeroportuaria. Con esta terminal, se aumentó la capacidad del aeropuerto hasta los 55 millones de pasajeros anuales, pudiéndose operar 90 vuelos por hora en lugar de los 62 anteriores. La T1 cuenta con 101 puertas de embarque, 166 mostradores de facturación, 12.000 plazas de aparcamiento y más de 20.000 metros cuadrados de zonas comerciales, lo que convierten a esta terminal en “una auténtica ciudad dentro de la ciudad”, tal como la define Aena. Además, su gran magnitud supuso la utilización de 800.000 metros cúbicos de hormigón y una tonelada de acero.

En su construcción, se incluyó la instalación de colectores térmicos solares con la intención de producir el 70% del agua caliente que se consumía en restaurantes o lavabos. Asimismo, la parte más profunda de la terminal está destinada a la gran estación intermodal del aeropuerto, a la que llega el metro y se espera que llegue en un futuro los trenes de cercanías y el AVE, además de un enlace que conectará con la futura terminal satélite.

¿SABÍAS QUÉ?

RETOS A SUPERAR DURANTE LA CONSTRUCCIÓN DE LA T1
Uno de los mayores retos que tuvo que afrontar el desarrollo de la nueva terminal fue su ubicación sobre el delta del Llobregat. Se trata de unos terrenos con aguas superficiales y de poca consistencia. Fue, por lo tanto, una prioridad evitar la entrada del agua. Esto obligó a los expertos a buscar un método para que el suelo bajase unos 40 centímetros y se asentase. Para ello, el sistema elegido fue la colocación de unas dunas de tierra de ocho metros de altura que fueron desplazándose cada dos o tres meses hasta conseguir bajarlo.

Cabe destacar que el agua estaba a medio metro por encima del mar y en algunos puntos a doce metros de profundidad. El aislamiento del edificio del acuífero supuso un año de trabajo y la construcción de un muro de siete kilómetros para impermeabilizar el edificio del entorno de agua, con una altura de entre 14 y 22 metros de profundidad. Además, requirió sacar el agua que se podía filtrar.

Por otra parte, un segundo reto que tuvo que afrontar hace referencia a la compatibilización del uso aeroportuario y las obras, en las que las grúas jugaron un papel esencial. Estas se situaron de manera estratégica, con su ubicación marcada en los mapas de navegación, y disponían de una altura determinada para no interferir en los procesos de despegue o aterrizaje. 

Además, implicó la instalación de un elevado número de grúas en la zona que podían afectar a los sistemas radioeléctricos que se utilizaban en condiciones de baja visibilidad. A pesar de estos inconvenientes, el aeropuerto batió nuevos récords de pasajeros durante los ejercicios de las obras. En este sentido, estos positivos resultados podrían verse incrementados especialmente en la década de 2020, cuando Aena construya el nuevo edificio satélite del Aeropuerto de Barcelona-El Prat.