9 de julio de 2020 | Actualizado 13:13
Mariano Fernández

Atar cabos

El comercio globalizado llevaba algún tiempo haciendo la travesía de los océanos sin cartas de navegación, sin informes meteorológicos y con cabos sueltos en cubierta. Salir así a la mar es naufragio a punto de ocurrir. Y ocurrió.

Quienes tenían que facilitar las cartas de navegación no supieron hacer los deberes a tiempo o simplemente no los hicieron. La tormenta actuó de forma inaudita y se propagó a la velocidad de la luz. Alguien había dejado algunos cabos sueltos y el comercio, que ya andaba medio a la deriva entre el oleaje de los mercados, acabó embarrancado peligrosamente.

No se sabe cómo se va a salir, cómo vamos a desencallar las hundidas cadenas de aprovisionamiento y logística. No sabemos aún cómo afrontar el desafío global al que nos ha sometido la cuarentena. Es una novedad tan absoluta y de tan incierta evolución que la única certeza es que estamos ante un nuevo escenario. Los actores tendrán que salir del círculo vicioso que les había llevado a confiar en que todo estaba controlado.

No sabemos aún cómo afrontar el desafío global al que nos ha sometido la cuarentena

La pandemia ha dejado al descubierto muchos cabos sueltos, temas pendientes, problemas sin cerrar, detalles sin aclarar y acuerdos que no se rematan. Son esos proyectos que más tarde o más temprano requieren atención y que se van posponiendo silenciados por la vorágine de consumismo sin límites.

Obsesionados por las nuevas tecnologías, buscando la maximización de los beneficios, convertimos en ‘trending topic’ conceptos como el blockchain y otros novedosos argots como paradigmas compartidos por la comunidad logística. Sería ingenuo no reconocer la validez de los avances tecnológicos, sin embargo, los cabos sueltos suelen ser pequeños detalles a veces inapreciables. Correos electrónicos no aclarados o no contestados, conversaciones telefónicas poco específicas (en las que se habla de todo y de nada a la vez), no dar nuestra opinión en un debate, no aclarar un malentendido, no documentar debidamente las instrucciones de terceros o no intervenir para solucionar algo que está en nuestra mano.

El cliente se va a refugiar en la tranquilidad de la oferta que le garantice seguridad, ¿se acabó el cliente infiel?

No sé si hay algo peor que ser futurólogo. Como dijo Eduard Punset “solo cuando se mira al pasado y al futuro en perspectiva, se entiende que cualquier tiempo pasado fue peor y que cualquier periodo del futuro será mejor”. En el futuro, el cliente se va a refugiar en la tranquilidad de la oferta que le garantice seguridad. Se acabó el juego del precio. Se acabó aceptar propuestas que solo contemplen beneficio económico. ¿Se acabó el cliente infiel?

Las reglas del nuevo juego obligarán a una responsabilidad social de las empresas y estarán en el mercado las que alcancen los objetivos económicos de forma sostenible y socialmente responsable, cumpliendo con sus obligaciones legales y tributarias, protegiendo sus recursos y los de sus clientes.

Dos actores de la cadena logística del transporte marítimo, navieras y transitarios, estarán desde ahora más obligados a favorecer estrategias que fomenten la cooperación con el resto de intervinientes en los puertos y nodos de distribución y en las plataformas y redes de comunicacion para garantizar al usuario la tranquilidad y seguridad que va a buscar, es decir, confianza.

El Covid-19 nos ha dejado una enseñanza que ojalá no se olvide: todos dependemos de todos

Respetar y reconocer las competencias, estableciendo operativas dinámicas con la flexibilidad de cada momento será necesario para adaptarse a las nuevas rutas que se esperan de una distinta globalización que va a desplegar en nuevas geografías, evitando la cautividad de depender de los ejes anteriores del suministro.

La oportunidad ha de empezar por la docencia: generar profesionales no solo con conocimientos técnicos, sino con el objetivo de propiciar valores éticos en las personas que formen parte del nuevo orden. Las administraciones nacionales y supranacionales han de ser los primeros valedores de ese nuevo orden, atando los cabos, regulando con normas razonables, claras, de fácil cumplimiento y que resulten útiles para todos.

Es prioritario, y de poco valdrán las reglas del juego, si no existe un espíritu de colaboración por parte de todos en beneficio del comercio internacional, piedra angular del desarrollo sostenible que facilite una distribución eficaz de los recursos tanto en países ricos como en pobres, dando acceso a bienes, servicios y tecnologías. El Covid-19 nos ha dejado una enseñanza que ojalá no se olvide: todos dependemos de todos.