22 de septiembre de 2021 | Actualizado 17:03
Autoridad Portuaria de A Coruña / Shutterstock / Fars de Balears / Autoridad Portuaria de Baleares

La Torre de Hércules y el Faro de Portopí no van de farol

La costa española acoge dos de los faros más antiguos del mundo en funcionamiento y sin los que la navegación habría sido aún más difícil

Un pedazo de civilización choca con la fuerza de la naturaleza en todo su esplendor. Históricamente, los faros han guiado a los barcos entre aguas, brisas, brumas, olas y sol hasta atracar en puerto. La modernidad y la digitalización en el mar han reducido su actividad al mínimo, pero sin ellos es imposible entender los avances humanos en transporte, navegación y comercio. España cuenta con cerca de 200 faros, de los cuales dos se sitúan entre los tres más antiguos del mundo. Y ambos siguen en funcionamiento.

TORRE DE HÉRCULES (A CORUÑA)

La Torre de Hércules tiene el honor de ser el faro más antiguo del mundo que ha conservado intacta su función. El mítico rey celta Breogán coronó la ciudad de Brigantia (A Coruña) con una torre desde la que se podían ver las costas del Irlanda. Hasta ahí la leyenda. El faro gallego, de 57 metros de altura y construido en el siglo I, no tiene origen celta, sino romano. De hecho, es el único que queda en pie en el mundo. Dividido en tres niveles y cada uno con cuatro cámaras abovedadas, en sus orígenes poseía una planta circular. Aun hoy “se accede a través de una excavación arqueológica. Creo que no hay otro monumento que tenga esta característica”, explica la directora de la Torre de Hércules, Ana Santorun.

Tras un periodo de abandono y otro de oscurantismo en el que la torre se usaba como punto de vigilancia para prevenir invasiones, se ensayaron distintas tecnologías para darle el uso que le correspondía. La reforma del ingeniero Eustaquio Giannini recubrió su antigua fachada con otra cuadrada y más resistente, y la dotó de una nueva linterna con reflector catadióptico para adaptarla a los sistemas de señalización marítima modernos. “Teniendo en cuenta los sistemas de navegación de la antigüedad, las rutas marítimas por esta esquina del Atlántico habrían sido mucho más difíciles sin la Torre de Hércules”, afirma Ana Santorun. “El Imperio romano necesitaba las materias primas que podía obtener de este rincón de la Península y una vía rápida para llegar hasta las islas británicas. Un faro era una necesidad”.

La memoria de la Torre de Hércules pasa por el imaginario público en forma de artículos y poemas de autores gallegos como Emilia Pardo Bazán o Luis Seoane, que lo convirtieron en un icono. “Todo invita a viajes cuando hablamos de faros”, reconoce Ana Santorun. “Destaca la pequeña historia, la que ocurre todos los días, la de los coruñeses y coruñesas que dicen ‘Yo venía aquí con mi padre o con mi abuelo’. Esa estampa se sigue repitiendo”. Actualmente, el conjunto del faro y acantilado donde se encuentra es Patrimonio de la Humanidad y cuenta con una rosa de los vientos construida en mosaico a sus pies y una zona ajardinada protegida que puede verse desde el otro extremo de la playa de Riazor.

FARO DE PORTOPÍ (MALLORCA)

Más desapercibida para la cultura colectiva pasa una torre de piedra que se eleva 41 metros sobre el Mediterráneo y cuya posición, muy cerca de la zona de desembarcos de mercancía, la convierte en altamente vulnerable. Lanza dos destellos cada 15 segundos, marcando el camino a los buques que arriban a Palma de Mallorca desde el siglo XIV hasta nuestros días. El faro de Portopí es el segundo más antiguo de España y el tercero del mundo, solo superado por la Torre de Hércules y La Lanterna, en Génova (Italia). A lo largo de su historia, el faro mallorquín ha dado unos cuantos paseos por el puerto antes de asentarse en su ubicación actual. Los cañonazos del fuerte de San Carlos rompían con frecuencia el cristal de su linterna. Así, en 1617 se trasladó a la Torre de Señales, que ya funcionaba como faro sin serlo: en ella se colocaban bolas que indicaban la procedencia y el número de barcos que entraban en puerto y que los denominados vigías sustituyeron por banderas hasta los años 70.

Javier Pérez de Arévalo es uno de ellos, hoy llamados fareros. Su trabajo, “que siempre existirá”, ha cambiado al mismo ritmo que la innovación en la navegación marítima: muchos barcos son ahora autónomos, se espera que algunos puedan ser eléctricos a medio plazo y el uso de materias primas sostenibles se ha hecho un hueco definitivo en las embarcaciones. “Cuando muchos de los faros iban con gas, los fareros debíamos ir con un mechero en la mano. Ahora, nuestra herramienta de trabajo es un ordenador portátil”, explica este trabajador de un faro particular y tecnológicamente inédito. En 1807, se instaló en Portopí una óptica de reverberos giratoria, la electricidad llegó en 1918 y desde los años 20 cuenta con una óptica catróptrica, la única existente en España. Fue de los primeros en usar el primer plan de alumbrado y “pionero en servirse de la energía fotovoltaica”, rememora Javier Pérez de Arévalo.

LA MEMORIA DEL MAR EN UNA EXPOSICIÓN PERMANENTE

El interior del faro mallorquín alberga un piso al que se accede por una estrecha escalerilla de mano y que contiene una de las mejores colecciones de Europa de material empleado en el alumbrado marítimo. Desde una gran variedad de ópticas hasta lámparas alimentadas con aceite de oliva, petróleo o acetileno, pasando por señales fijas o giratorias. Algunas se mueven mientras la llama permanece quieta, otras son combinadas o poseen paneles opacos, que proporcionaban sensación de ocultación. La exposición contiene un archivo sobre los faros de las islas Baleares, de los que funcionan 34, todos automatizados. Sin embargo, su visita no es sencilla porque la instalación pertenece al Estado y el museo funciona solo bajo demanda.

Desde 1983, el Faro de Portopí es Monumento Histórico-Artístico, a pesar de que apenas diez años antes se apagó su luz por considerarla innecesaria, dado el crecimiento del puerto moderno. Cinco años después, se volvía a prender por la importancia histórica de su señal.

A pesar de avances revolucionarios como la llegada del GPS a los buques, la referencia visual de las llamas de los faros sigue buscándose desde altamar porque da tranquilidad a los capitanes de barco en mitad de la nada. De hecho, hoy día aún hay navíos que no cuentan con estos sistemas modernos de guía en el mar. “Todavía hay embarcaciones que no tienen sistemas sofisticados de comunicación, como las embarcaciones de bajura, que necesitan este tipo de ayuda a la navegación”, sostiene Ana Santorun. “No se puede entender el transporte marítimo sin los faros, sobre todo en lo referente al comercio. Han sido facilitadores de intercambio y su evolución, al fin y al cabo, es la historia de la humanidad”, sentencia el farero Javier Pérez de Arévalo.