27 de noviembre de 2021 | Actualizado 18:49
Ángel Sánchez Serrano/ Agustín Lizano

Memorias de una Barcelona con aeronaves en el puerto

Hace un siglo se inició una pugna entre aviones e hidroaviones para ver cuál de las dos opciones ganaría la carrera de la aviación en España

Barcelona fue testigo en la década de 1920 de un episodio trascendente, pero poco conocido, sobre los orígenes de la aeronáutica en la Península. En el periodo convulso e intrigante que precedió a la guerra civil española, se inició una pugna entre aviones e hidroaviones, un tanteo para ver cuál de las dos opciones ganaría la carrera de la aviación. El libro ‘Flyingboat. La Aeronáutica Naval en Barcelona’ (Fundación Enaire), escrito por los historiadores David Íñiguez y David Gesalí, recoge fotos dispersas para tejer las memorias de una época en la que el puerto de Barcelona veía amarizar aeronaves en sus aguas.

LA LLEGADA DE LOS HIDROAVIONES AL MUELLE DE CONTRADIC Y CAN TUNIS
Pese a que existen antecedentes de estadas y vuelos de hidroaviones en Barcelona, su proliferación en la ciudad se produjo en 1921, con la instalación de la aeronáutica naval en el muelle del Contradic y los talleres de Can Tunis. “Hay un vínculo muy peculiar entre la ciudad y la aviación de la marina española, una relación de aprecio mutuo”, comentan los autores. “Eran un poco los héroes de la época, gente capaz de despegar con aviones de madera, tela, cables por todas partes y motores poco fiables”. Sin embargo, se asentaron de forma provisional en el puerto, pues el sueño de los marinos era establecer una gran base en San Javier, en Murcia. Dicho territorio era estratégico, al poder abarcar desde allí tanto el océano Atlántico como el mar Mediterráneo, además de ubicarse cerca de Gibraltar. Asimismo, su localización en el Mar Menor les proporcionaba protección ante las inclemencias meteorológicas, algo que no sucedía en Barcelona. Sin embargo, la apuesta por la capital catalana atendía a su competitividad, al ser un enclave donde se podía realizar el mantenimiento de hidroaviones y con un puerto capaz de acoger a estos aparatos.

Los hidroaviones se construían y mejoraban en los talleres de Can Tunis

La aeronáutica naval se instaló en el puerto de Barcelona bajo condiciones precarias, pues tanto la temporalidad de su estadía como la crisis económica que España arrastraba no permitían contratar la mano de obra necesaria. “No había medios para poder mantener una aviación de la marina en condiciones y con una cierta continuidad, todo se realizaba a pedazos y sin proyectos a largo plazo”, recuerdan los historiadores. A su vez, los hidroaviones se adquirían en países como Inglaterra o Italia para su posterior mejora en los talleres de Can Tunis, muchos de los cuales provenían de la Primera Guerra Mundial. En ocasiones, también se compraban las patentes para su construcción, aunque se desconocen los motivos que llevaron a las autoridades a elegir determinados modelos que no se adaptaban a las necesidades de la época. Por ejemplo, con la compra de hidroaviones preparados para amarizar en lagos de poco oleaje, pero que se acababan utilizando en operativas en alta mar y cuyo casco inferior muchas veces se acabó modificando. O con la compra del ‘Flyingboat’, un enorme avión de patrulla adquirido a los ingleses y que prácticamente no cogía en el ‘Dédalo’, el buque encargado de transportar las aeronaves.

EL SIMBOLISMO DEL ‘DÉDALO’ Y EL ‘FLYINGBOAT’
El ‘Dédalo’ fue el primer portahidroaviones de la Armada Española. Se trataba de un mercante de origen alemán cedido a España después de la Primera Guerra Mundial como contraprestación a los buques españoles hundidos durante la contienda. En los años 20, la Armada inició su adaptación en Barcelona para el transporte de hidroaviones, al instalarle encima una plataforma. Por su parte, el ‘Felixstowe F3’ era un hidroavión de la Primera Guerra Mundial de gran autonomía y envergadura, utilizado para vigilar a los submarinos alemanes. Sin embargo, contaba con grandes problemas de mantenimiento, pues disponía de muchos cables para sustentar sus dos enormes alas y la meteorología donde operaba propiciaba que se oxidase. Aunque representó la ambición de la armada naval española, no dio finalmente el resultado esperado.

‘Dédalo’ en alta mar, 1925. Ministerio de Defensa

EL CAMPO DE PRUEBAS DEL ESTADO PARA EL USO DE AERONAVES
Barcelona se configuró como el campo de pruebas del Estado para el uso y desarrollo de aeronaves. En este proyecto, el capitán Pedro Cardona jugó un papel fundamental para asegurar que la aeronáutica naval alzase el vuelo. En este sentido, una anécdota narra que el alcalde de Barcelona de la época, Baró de Viver, pidió a Cardona que los hidroaviones dejasen de sobrevolar la ciudad, pues era habitual que cayesen sobre ella. Los registros recogen, entre otros, un accidente cerca del Carrer Escudellers, donde un hidroavión se precipitó desde el cielo sin llegar a lamentar víctimas. Sin embargo, se trató de uno de los raros casos sin víctimas civiles, pues “hay otros accidentes que hacen que el coste humano de los tripulantes y pilotos sea aterrador”, según aseguran los historiadores Íñiguez y Gesalí. Y es que en los años 20 lideraba la premisa del ‘citius, altius, fortius’, habiendo que pagar a un coste humano muy elevado en la aviación el precio de ser el más rápido, más alto y más fuerte en las diferentes latitudes y geografías de todo el mundo.

Cabe destacar que, en la década de 1920 y 1930, Catalunya experimentó un boom en el ámbito de la aviación de la mano de entusiastas como Josep Canudes, con la visión de poner al territorio a la altura de Europa. Sin embargo, la falta de infraestructuras en El Prat no acompañaba a esta ambición, especialmente por la precariedad de los accesos para acceder a sus tres campos de vuelo, uno de los cuales se destinaba a los aviones de la Marina. Periodistas de la época describen el trayecto que unía el centro de la ciudad con el aeropuerto como una travesía de una hora de duración en la que había que travesar un vertedero, un puente por el que había que pagar por uso o una zona de lagunas infestadas de mosquitos y tifus a través de carreteras sin asfaltar. Este era una de las razones que hacían ganar atractivo a los hidroaviones y que permitían desdibujar la línea que separaba al puerto y al aeropuerto de Barcelona.

Mientras los hidroaviones militares se utilizaban principalmente como patrulla para el control de costas, los civiles empezaron a experimentar de forma paralela su uso para el transporte de pasajeros y se establecieron diversas líneas aéreas internacionales en destinos como Italia o Francia. Sin embargo, a diferencia de los aviones convencionales, los hidroaviones disponían de una capacidad de pasaje más limitada y, como carga, solo podían transportar correo postal. Especialmente con el boom de la aviación terrestre en los años 30, estos últimos se desmarcaron en la carrera y se erigieron como vencedores. Además de cuestiones técnicas, este tipo de aeronaves disponían de un mayor potencial económico y evitaba que los pies de los pasajeros acabasen en remojo en el embarcadero.

A las puertas de la guerra civil, según lo previsto, los hidroaviones de la Armada Española se desplazaron a Murcia. Aunque durante la guerra aún cruzaban las aguas de Barcelona pequeños hidroaviones de forma puntual, los bombardeos en el puerto supusieron una nueva traba a su operativa. Si las instalaciones ya eran precarias antes de la contienda, después de ella requirió de una reconstrucción prácticamente total. Igualmente, el declive en el transporte de pasajeros con hidroavión ya era evidente desde principios de los años 30, pese a que después de la guerra hay registros de algún trayecto con estos aparatos a destinos como Mallorca. Un siglo después de las hazañas y esfuerzos realizados por las tripulaciones y mecánicos de los hidroaviones, su uso se ha especializado en geografías concretas y usos específicos, como su función en operativas antiincendios, sin olvidar su aparición en películas de todas las culturas, donde su romanticismo sigue tan vivo como en el primer día. Todavía algunos sueñan con devolver a nuestros días una pequeña parte de la época dorada de los hidroaviones y quién sabe si en esta nueva etapa de cambios en la movilidad puedan tener algún resquicio.