8 de diciembre de 2022 | Actualizado 17:17
Òscar Mateu / CRAI UB

La logística para sacar a un libro de su confortable cuna

Los incunables suelen ser la joya de toda biblioteca, pero precisan de una cadena singular para que un traslado no los degrade

Se les llama incunables por su cercanía con la cuna de los libros impresos -la misma imprenta-, y desde luego son objetos reacios a abandonar su lugar de reposo. Depositados en los grandes fondos bibliotecarios del mundo, estos libros, aparecidos entre 1440 y 1500, constituyen joyas de singular valor para cualquier colección y sus custodios los guardan con el celo que requiere su gran importancia patrimonial. También con el cuidado que exige una fragilidad intensificada por el paso de los siglos. Sin embargo, como testigos de una de las grandes revoluciones intelectuales de la humanidad y por su lujo renacentista, los incunables también forman parte del circuito de las exposiciones, figuran en las listas de los comisarios artísticos y se exponen ante el público en las vitrinas de los museos. Es entonces cuando se activa una logística singular que debe sacarlos de su cuna, pero que también debe minimizar sus padecimientos.

Las estimaciones más recientes de la base de datos internacional Incunabula Short Title Catalogue de la Biblioteca Británica cifra en 30.500 las ediciones incunables conocidas, lo cual supone unas 500.000 copias en todo el mundo, números, eso sí, sujetos a la revaluación periódica de los fondos. De entre todas ellas, alrededor de 1.240 ejemplares se encuentran en el Centro de Recursos para el Aprendizaje y la Investigación (CRAI) de la Universidad de Barcelona (UB), que posee el tercer fondo más importante de España. Aunque la biblioteca suele prestar los incunables que le piden otras instituciones para exponerlos, cuenta, igual que los grandes poseedores internacionales, con una normativa exigente que protege a los libros en los desplazamientos, y que les asegura un reposo de cuatro años una vez han vuelto a su depósito. Además, por norma general el libro no puede superar los cuatro meses de exposición.

El problema estriba en que “una salida nunca deja de suponer un descalabro para estos libros”, según nos asegura durante nuestra visita al fondo una de las restauradoras del CRAI de la UB, el equipo que se encarga de aconsejar sobre las posibilidades de préstamo de las obras del fondo antiguo de la institución. Los incunables, pese a ser libros “hechos con materiales más buenos y resistentes” que aquellos que se imprimieron a partir de la revolución industrial, son objetos elaborados con tejidos orgánicos, algunos en pergamino (o sea, piel), y otros con encuadernación de piel. Con los cambios ambientales bruscos “la piel se tensa y destensa”. Además, muchos incunables “están miniados” -es decir, ornamentados con miniaturas en tinta-, y a veces incluyen detalles manuscritos, elementos que se resquebrajan cuando el soporte de pergamino cambia de extensión. El simple hecho de abandonar su lugar de reposo habitual, con unas condiciones estables, “los expone a cambios de luz, humedad, temperatura, al contacto con otros materiales… y todo eso los oxida” resumen desde el CRAI de la UB.

Los incunables contienen materiales orgánicos muy sensibles a los cambios medioambientales

En esta universidad catalana, los libros descansan en una sala con vistas a un patio interior y dentro de estanterías metálicas Compactus, sin iluminación solar directa y protegidos por unas robustas paredes del siglo XIX que amortiguan los cambios bruscos de temperatura. “Están en uno de los espacios más estables de la biblioteca”, sostienen desde el equipo de restauración, que también aclaran que no contiene ningún sistema de climatización artificial. El depósito por sí solo dilata el cambio de temperatura a lo largo del día, algo que no daña tanto el libro, ya que es un objeto “vivo, que va adaptándose lentamente a esos cambios”. Contrariamente a lo que podría suponerse, un climatizador conlleva riesgos más mortíferos. Lo sabe bien la directora de la reserva del CRAI, Neus Verger, que recuerda que una avería en el sistema artificial de otro almacén de la biblioteca generó la aparición de hongos. Fue necesaria una limpieza “estantería por estantería para eliminar todas las esporas” y la institución tuvo que cambiar de nuevo el sistema de climatización para evitar que el problema reapareciera.

Incunables en el almacén de la UB

UNA CADENA DE LA HUMEDAD Y LA TEMPERATURA
Pero a veces los incunables deben salir en préstamo y es en ese momento cuando se pone en marcha una operativa logística que debe protegerlos de un mundo exterior hostil. “Es como una cadena del frío, pero en humedad y temperatura”, bromean desde la unidad de Registro y Conservación del CCCB, museo barcelonés acostumbrado a trabajar con la UB. Los libros llevan años -más de un siglo en el caso de la universidad catalana- descansando en unas condiciones que no pueden verse alteradas de forma brusca en la cadena que los va a llevar a la vitrina de exposición.

Por eso, la operativa de traslado de un incunable debe amoldarse al mismo libro, de la misma forma que el libro lo ha hecho a su clima de origen. Los tiempos se ajustan al máximo, pues cada minuto que pasa fuera de su entorno habitual puede acelerar su proceso de degradación, y se acuerdan materiales, trayectos y escalas -que deben ser las mínimas-. Los técnicos, con prevalencia para los prestadores, evalúan la salida, y todos los gastos, que incluyen transporte, seguro y conservación, corren a cuenta del museo que ha pedido la obra. El traslado queda parametrizado en informes de condición a la salida y a la llegada, y rubricado en un seguro “clavo a clavo”, un aval habitual en el sector artístico que garantiza que el libro volverá a su cuna en el mismo estado en el que salió. En palabras del director de la delegación barcelonesa del transportista especializado en arte TTI, Pere Quílez, se trata de “una logística hecha a medida”.

Todas las partes de la cadena se coordinan al inicio para crear una logística a la medida del incunable

Y esa medida empieza por el embalaje. Muchos incunables ya cuentan en origen con cajas de conservación o estuches de materiales PH neutro, diseñados por los equipos que los restauran. Al inicio de la operativa, los técnicos de transporte acuden al mismo depósito para el embalaje de traslado, metiendo el libro a su vez en otro papel protector PH neutro, que puede ser de tisú, polietileno o Tyvek, un “material-barrera” comercializado por la empresa de químicos DuPont y habitual en el sector de la construcción. La virtud de este último material respecto al polietileno “es que permite la entrada de moléculas de aire al tiempo que mantiene la humedad fuera”, explica el responsable del departamento de obras de arte del transportista SIT en Barcelona, Santi Sala, y por eso últimamente se utiliza más. Esa visión también la sustenta la responsable de conservación del transportista Feltrero, Clara Gómez, para quien “es bueno que haya ventilación. El daño biológico estaría en un recipiente demasiado estanco que pudiera almacenar humedad”.

Luego, el libro se situará en una caja de transporte particular o compartida, hechas de madera y a medida de la carga. La obra viaja a resguardo en el centro de un molde con su forma, recubierto de varias capas de materiales aislantes y, puesto que el objetivo es que la caja contenga las mismas condiciones que el depósito del libro, es habitual que lleguen “uno o varios días antes” a la misma sala para “aclimatarlas”, relata Santi Sala (SIT). Por otro lado, también es clave que “ningún material de los que aíslan el libro sea material que emita ningún gas, porqué serían corrosivos”, añade, y pone un ejemplo: “Hasta hace relativamente poco, nosotros poníamos un perfil de neopreno dentro de la caja para generar un cierre hermético, pero se descubrió que cuando aprietas el neopreno, se liberan gases tóxicos. Por eso, tuvimos que cambiar el material por caucho natural. Estos son los niveles de precaución necesarios”.

“La clave es que ninguno de los materiales aislantes de la caja de transporte sea corrosivo”
Santi Sala Responsable del departamento de obras de arte de SIT Barcelona

En cuanto al transporte, la adaptabilidad se mantiene. “Nosotros operamos con vehículos de transporte normales, camiones y furgonetas” de tipo capitoné, “pero hemos diseñado cajas adaptadas para llevar los objetos dentro” comenta Pere Quílez. Los remolques de TTI, como los de SIT o Feltrero, suelen contener fijaciones para la carga en el interior y mejoras en suspensión neumática, un detalle “bastante importante para evitar las vibraciones”, advierte Clara Gómez (Feltrero). Pero sobre todo, su conversión destaca en cuanto a la climatización: aunque el libro va protegido por su caja isotérmica, un traslado podría variar bruscamente las condiciones climáticas y, por ello, estas se fijan y supervisan desde la cabina y desde las oficinas de las empresas. Algunos prestamistas pueden poner aquí sus propios parámetros, pero se suelen seguir unos estándares de exposición habituales en el gremio de la restauración.

Y además, “los seguros clavo a clavo acostumbran a exigir que haya dos conductores”, advierte Quílez. O, en el caso de TTI, se pueden llevar incluso tres choferes con experiencia en traslados de obras de arte. Si se da el caso que el transportista debe hacer ruta para recoger obras en distintos puntos, siempre debe quedarse un conductor en la cabina custodiando la carga, de un valor especial. De hecho, el directivo de TTI señala la discreción que prima en su segmento de negocio: sus vehículos no llevan publicidad que visibilice el tipo de objetos que transportan. En los casos de valor excepcional del libro, puede -o debe- solicitarse escolta de seguridad, una función que los prestadores o expositores del sector público tienen derecho a recibir de la Policía Nacional.

Un transporte hecho a medida

Aun así, toda medida es poca para tranquilizar a los prestadores, que necesitan disponer de cuanta más información posible sobre el incunable en tránsito. Por eso, la trazabilidad también es un factor caudal durante el transporte. Por un lado, suelen emplearse figuras técnicas de la institución propietaria que acompañan al libro, o que lo esperan o lo visitan a su llegada en la nueva entidad: los denominados “correos”, que a su vez también asisten en el proceso de desembalaje. Y, por otro lado, es habitual que los libros hayan realizado todo el trayecto acompañados de un data logger, un pequeño sensor introducido en las cajas de transporte que registra la temperatura y la humedad en todo momento. Los tradicionales se comprueban al final del viaje, pero “ahora también se usan sensores de este tipo que informan en tiempo real al prestamista, a través de una aplicación en el móvil”, y que mandan alertas si se trascienden los parámetros fijados de humedad y temperatura, señalan los conservadores del CCCB.

CUANDO LOS INCUNABLES VUELAN
A veces un incunable debe hacer un trayecto transoceánico, para el cual solo es posible utilizar el transporte aéreo. En esos casos, detalla Pere Quílez (TTI), los tiempos de la operativa se deben medir al máximo, ya que “los prestadores siempre piden que el objeto pase el menor tiempo posible en el aeropuerto”. Algunos hubs europeos cuentan con almacén climatizado especializado en obra de arte, como el aeropuerto de Luxemburgo, pero no es lo habitual. Normalmente, el transportista pedirá “una tarifa de carga superior, por si hay algún problema”, y requerirá permisos para supervisar la manipulación del objeto hasta su abordaje en la nave, en la misma terminal, asegurándose de que “el avión parte con nuestra mercancía”. Por otro lado, la operativa también puede variar según la importancia de la obra, su fragilidad y la demanda del cliente. A veces, incluso se opta por llevar el libro en cabina dentro de un maletín climatizado -para lo que hay que reservarle un billete propio- y otras veces viajará en bodega.

Así llega un incunable hasta su destino temporal, pero el control de sus constantes no termina aquí. Por norma general, los museos que piden este tipo de obras poseen almacenes de tránsito, en los que el incunable aguardará “por lo general unas 24 horas”, precisan desde el operador logístico especializado TTI, aclimatándose al nuevo entorno. Se trata, pues, de almacenes que de nuevo cuentan con todo el equipo estandarizado de conservación -control del clima y luz regulada, sobre todo-, pero que además suelen ser los espacios más resguardados de estas instituciones. En ellos, se concentran las obras que luego serán exhibidas y el valor reunido en un determinado momento puede llegar a ser incalculable. Por estos motivos, la mayoría de estas instalaciones se encuentran en las entrañas de los museos, lejos de los circuitos del público y pertrechados por diversos sistema de alarmas. “Hay personal directivo importante del centro que no tiene llave para acceder a nuestro almacén”, advierten desde la unidad de Registro y Conservación del CCCB, “solo un número limitado de personas puede hacerlo”.