18 de julio de 2024 | Actualizado 18:22
'Historia de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla', de José Manuel Rodríguez / Universidad de Sevilla / Ramón Almela

Una historia logística de Sevilla muy tabacalera

El tabaco supone, desde su descubrimiento en las Indias, un negocio muy rentable que hace necesaria una cadena de valor muy precisa

Podría decirse que España y Europa le deben muchas cosas a Cristóbal Colón, sea cual sea la verdadera cuna que le vio nacer. La mayoría de ellas se mantienen en nuestra cultura como pilares fundamentales: cultivos como la patata o el tomate, y la comercialización de ganado bovino, aves exóticas y plantas desconocidas tienen beneficios reconocidos para la salud, la humana y la económica. Otras tienen más componente adictivo, como el tabaco. Y es que fueron los primeros colonizadores de América los primeros en descubrir una planta misteriosa que podía curar enfermedades muchos años antes de terminar provocándolas. Tres siglos después llegaba a España por medio de un sistema rápido y eficaz de producción y distribución para garantizar su suministro a todo aquel que quería probar ese nuevo vicio. Y no eran pocos. Debió ser por eso que la renta obtenida por el tabaco en el siglo XVIII empezó a ser objeto de interés para la Corona de España.

De esta forma, se establecieron una serie de fábricas de tabaco en diversas localidades costeras de la Península Ibérica. Muchos de estos enclaves se corresponderían posteriormente con la localización de la futura red de fábricas de tabacos en España, siendo Sevilla un punto clave. ¿Por qué Sevilla? “Porque pertenecía a una región que experimentó un fuerte crecimiento en el volumen de suministros del tabaco durante las primeras décadas del siglo XVII, sumándose a Cádiz, Granada y Málaga como urbes muy ligadas al tráfico colonial, facilitando la entrada de tabaco a bajo precio”, explica la arquitecta especializada en Conservación y Restauración de Patrimonio Arquitectónico, Carolina Castañeda. Además, el establecimiento de la Casa de la Contratación en Sevilla en 1503 convirtió a la ciudad en la cabecera del imperio español de ultramar, ostentando el monopolio del comercio de todos los productos que llegaban de las Indias. Y el tabaco empezaba a ser la estrella del momento.

“Además, existía una fuerte densidad de población como consumidora potencial del nuevo hábito y, desde 1610, Sevilla contaba con la primera industria tabacalera europea establecida en un caserío cercano a la iglesia de San Pedro”, como apunta Castañeda en su tesis ‘Las fábricas de tabacos en España (1731-1945)’. El crecimiento de la demanda de tabaco hizo que la Hacienda real iniciara el gravamen de su venta en 1636. Una fiscalización que se hizo total con la llegada de los Borbones a principios del siglo XVIII. De esta forma, el Estado alquilaba las fábricas a un intermediario para que produjese hasta la supresión de esta figura y la toma de control absoluta de la Hacienda real sobre el negocio. “Una vez hecho el monopolio, el funcionamiento a pleno rendimiento de la fábrica de Sevilla permitió al Estado ampliar el estanco al terreno de la producción creando dos calidades de tabaco”, describe Castañeda. “El de consumo suntuario, importado de Cuba ya manufacturado; y el de consumo popular, fabricado en Sevilla”.

Ante la capacidad de recaudación del monopolio, se necesitaba una estructura eficaz para producir y distribuir, y para administrar la economía que empezó a generarse en torno al tabaco, así como una jurisdicción específica. “Para ello se establecieron una serie de puertos, además del de Sevilla, repartidos por la costa, como Cádiz, Alicante, Valencia, A Coruña o Gijón, en los que se descargaba la materia prima importada de Cuba, Brasil y Estados Unidos, y que se dirigía, bien a Sevilla, que se constituyó como centro neurálgico de la producción; bien a Madrid, donde se establecieron los almacenes generales de la Corte, desde donde la mercancía salía a las fábricas de la Península”, explica Carolina Castañeda.

La fábrica sevillana se ubicó en un único inmueble del casco urbano con varios talleres y obradores de tabaco donde se concentró toda la actividad existente en la ciudad. Según Castañeda, las protestas de los vecinos por las molestias que generaba llevó a que el recinto se cambiase al entorno de la iglesia de San Pedro. A lo largo del siglo XVIII, la fábrica se tuvo que ampliar por la creciente demanda. Pese a su primer cambio de ubicación, la fábrica seguía generando cierta inquietud urbanística porque cada vez era más imperiosa la necesidad de hacerse con inmuebles aledaños, con lo que empezó a barajarse la posibilidad de construir un nuevo edificio de cero, esta vez, extramuros. Finalmente, y tras varias varias ampliaciones y obras, la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla reunió las características necesarias para albergar la producción de tabaco y permitir su crecimiento.

694.800 cigarros

La Real Fábrica de Tabacos de Sevilla llegó a elaborar hasta 694.800 cigarros en un año

POR QUÉ LOS CIGARROS SE LLAMAN CIGARROS
Al principio, el tabaco se distribuía sólo a los estratos sociales más pudientes dado que el cigarro se consideraba un bien reservado para las viviendas que pudiesen pagar lo que costaba su proceso de importación de la materia prima y elaboración. Las primeras semillas de tabaco que llegaron a la Península Ibérica con intención de ser plantadas aquí lo hicieron por orden de Felipe II en 1577. El médico y botánico Francisco Hernández de Boncalo ordenó plantarlas en los alrededores de Toledo, en una zona denominada Los Cigarrales porque solía ser invadida por plagas de cigarra. Allí se inició el cultivo del tabaco en Europa y algunos historiadores asocian el nombre del cigarro con estas fincas. Durante los primeros años de cultivo de tabaco en España, los cigarros fueron elaborados exclusivamente por hombres.

En los comienzos del siglo XVIII, la fábrica de Sevilla contaba con 100 cigarreros y, a medida que el cigarro era aceptado, los trabajadores aumentaron a 400 y posteriormente a 700. En los primeros años, la fábrica sevillana producía sobre todo tabaco en polvo, la forma de consumo más arraigada en España desde que llegó. Una vez transportadas las materias primas desde el muelle a la fábrica, y habiéndose examinado y tasado las cantidades, el proceso productivo comenzaba en el almacén. El primer paso era la selección, “reservándose las hojas de mejor textura para confeccionar la capa del cigarro, y las restantes, como tripas para rellenarlo”, explica el historiador José Manuel Rodríguez en su libro ‘Historia de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla’. El segundo paso era la distribución entre los trabajadores, una operación que recibía el nombre de data y que solía llevarse a cabo una vez por semana o quincenalmente.

Fardos de hojas de tabaco amontonados en uno de los patios de la Real Fábrica de Tabacos en el año 1940 | Universidad de Sevilla

A continuación se procedía a humedecer las hojas destinadas a las capas del cigarro para asegurar la maleabilidad del producto final. El cuarto paso era el liado, que dependía de la habilidad del trabajador, así como de su rapidez, puesto que cuanta más cantidad de cigarros se producían, más alto sería el sueldo final. Una vez terminadas las cantidades, se dividían en conjuntos de 51 cigarros. Cada uno constituía un atado. Estos atados se retiraban al almacén de oreo, el proceso de reposo de las hojas del tabaco tras humedecerlas. En el almacén permanecían expuestos en estantes para completar el secado. El último paso era “conducirlos al almacén de embalado, donde quedaban empapelados y encajonados, listos para su distribución a los centros de consumo”, describe Rodríguez.

Aparte de todo esto, se seguían moliendo porciones de tabaco en 56 morteros manuales y en torno al patio principal se encontraba el que Rodríguez recuerda que se llamaba el cuarto de la torrecilla, donde se labraban los cigarros, además de dos almacenes, “uno grande y otro denominado de la Virginia, así como caballerizas para 35 a 41 caballos”. El de cigarrero era un trabajo que no conocía de descanso, puesto que se establecían turnos para mantener la fábrica en movimiento de día y de noche. Durante un año, se podían elaborar 694.800 cigarros para los que se emplearon 8.685 libras (3.939 kilos) de tabaco de manojos en rama, mientras que se labraban 414.434 libras (187.984 kilos) en las tareas en polvo.

A finales del siglo XVIII, hubo un aumento de la demanda de los cigarros y este aumento de la demanda exigía un aumento de la calidad del producto. En general, se decía que los cigarros de Sevilla tenían una muy mala construcción y que eran de muy mala calidad en comparación con los productos traídos de Cuba o con los cigarros elaborados por las cigarreras de Cádiz, ciudad que llevaba años de adelanto contratando a mujeres. Todo esto sumado a las tensiones y problemas que habían provocado los trabajadores, tuvo como resultado la suspensión de las labores en la fábrica en 1811 y el despido de más de 700 hombres, a los que hay que sumar 1.200 trabajadores dedicados a la tarea de picar tabaco. Un año después, la Real Fábrica de Tabacos volvía a abrir con un cambio: la contratación de mujeres.

Pioneras e inventoras de la cuna

Hasta entonces, ellas habían mostrado óptimos resultados en otras fábricas del país y suponían una mano de obra más barata, puesto que el salario era inferior al de sus compañeros hombres. “El salario de las mujeres se consideraba un acompañamiento del que llevaban sus maridos a casa”, cuenta Rodríguez. Además, se descubrió que eran más productivas y menos exigentes en el trabajo. O eso se creyeron los empresarios tabaqueros en un principio. A mediados de 1880, ya había alrededor de 6.000 cigarreras contratadas, que suponían la principal mano de obra de la factoría hispalense. El trabajo a destajo de las cigarreras (es decir, la estipulación del salario en base a los resultados de producción) y el cierto ambiente cuartelario, con controles a la entrada y la salida del trabajo y la presencia de una cárcel dentro de la fábrica, dio origen a las primeras organizaciones sindicales y las primeras huelgas que pusieron en aprietos al sector empresarial, e incluso al propio Estado.

Conscientes de que su trabajo era una fuente inagotable de ingresos, las cigarreras dieron la batalla por los derechos

Como describe José Manuel Rodríguez, las cigarreras eran conscientes de que el monopolio del trabajo que desempeñaban, y que generaba una inagotable fuente de ingresos, dependía de la administración pública. Por tanto, consideraban que pertenecían a un gremio que actualmente se denomina funcionariado. Cualquier desencuentro con ellas podía desembocar en un problema de orden público. El propio rey Alfonso XVIII sentía cierto temor hacia ellas. Fueron precursoras de la conciliación de la vida laboral y familiar, así como de la consecución de ciertos derechos, como la flexibilidad horaria. Siempre buscando llegar a todas partes, según el sociólogo José Luis Ortiz de Lanzagorta, la cuna se inventó en la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla. Las mujeres empleaban cajones ya vacíos, los llenaban con plantas y los colocaban debajo de sus mesas de trabajo para mecerlos con los pies.

LA MECANIZACIÓN ACABÓ CON EL NEGOCIO
Entre 1885 y 1896, hubo varios motines contra la introducción de máquinas y de medidas de control sobre cómo las cigarreras realizaban su trabajo. En 1887, la fábrica pasó a manos de una compañía arrendataria constituida por el Banco de España y un grupo de accionistas privados que introdujo máquinas de vapor para picar tabaco. En 1908, la mecanización se extendió al empaquetado y, entre 1916 y 1925, se introdujo para el liado de cigarrillos. Todo ello trajo consigo huelgas en los años 1838, 1842 y 1885, mediante las que las cigarreras defendían sus puestos de trabajo. A pesar de ello, en 1906 las cigarreras quedaron reducidas casi a la mitad, unas 3.000, que poco a poco fueron disminuyendo más y más. De hecho, estas medidas, lejos de mejorar la industria, produjeron una disminución de su riqueza.
Si en el siglo XIX la fábrica sevillana daba empleo a 6.000 personas y el Estado se encontraba desbordado por la demanda, en 1925 sólo daba empleo a 1.844 personas. Si entre 1888 y 1892 la producción era de 1.801 millones de cigarrillos entre 1918 y 1922 fue de 411 millones. La producción de la fábrica pasó del 29% de la producción nacional al 7%. De otro lado, la privatización acabó perjudicando a la fábrica. Si en 1887 las máquinas eran de la empresa sevillana Portilla, White y Compañía, tras la privatización, se traían siempre del extranjero. Solamente en los años 20 volvieron a ser españolas, pero esta vez valencianas o vascas.