15 de julio de 2024 | Actualizado 10:12
Archivo del Museo Postal de Gran Bretaña / Hemeroteca de La Vanguardia / Archivo de la Royal Mail

Los ferrocarriles sacaron de pobre a lo peor de la picaresca

Un tren con correo postal era una mercancía muy valiosa y fuente de dinero fácil si se planeaba su asalto hasta el más mínimo detalle

La aparición del ferrocarril fue el punto de inflexión para toda una lista de cambios sociales que aún hoy se dejan notar, aunque la gran mayoría se hayan olvidado. Como ejemplo, el tren actuó como el impulsor definitivo del desarrollo postal desde su nacimiento… Y también de la reinvención de la picaresca. Ver pasar un convoy cargado de correo postal era sinónimo de ver pasar mercancía muy valiosa que podía traducirse en mucho dinero fácil si se planificaba un asalto hasta el más mínimo detalle. Y en eso, ha habido más de una experiencia tanto en Estados Unidos, donde hubo robos de trenes a mansalva; como en España y en Inglaterra, donde la persecución de estos delitos se remonta al siglo XVII y es casi tan antigua como la creación de la compañía pública británica de correo postal, la Royal Mail. Algunas de estas hazañas continúan en el imaginario colectivo por la maestría del golpe, mientras que otras ocuparon portadas de periódicos por todo lo contrario.

“Los bancos mandaban dinero de una sucursal a otra con estos trenes correo, que eran presa fácil”
Lourdes Orozco Jefa de Comunicación de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles

En cualquier caso, es necesario entender el contexto histórico y la importancia que llegaron a ganarse esos vagones cargados de cartas, documentos o dinero en efectivo. El correo se transportó por primera vez en tren en Gran Bretaña en 1830, y no mucho más tarde, apareció la primera Oficina de Correos Ferroviaria, más tarde conocida como Oficina de Correos Ambulante (TPO), que funcionaron hasta entrados ya los 2000. Las TPO eran vagones de ferrocarril especialmente adaptados donde los empleados clasificaban el correo mientras viajaban a su destino: abrían y preparaban nuevas sacas de correo durante el trayecto, a menudo en condiciones de hacinamiento y, hasta 1971, incluso transferían el correo con el tren en marcha. Tal era el valor de las mercancías que los trenes hacían la boca agua de los bandoleros, teniendo en cuenta además las pocas medidas de seguridad que existían a bordo. La eclosión de asaltos en los años sesenta comenzó a recibir hasta nombre propio: el Gran Asalto a Trenes Correo.

“En España hubo también varios asaltos”, explicó la jefa de Comunicación de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles (FFE), Lourdes Orozco, en el programa ‘De Vuelta’, de Radio5. “Antes, la gente no tenía una cuenta corriente en el banco y se hacían envíos de dinero con mucha frecuencia. Incluso los bancos se mandaban el dinero de una sucursal a otra, y lo hacían mediante estos trenes correo, que eran presa fácil”. ¿La razón? La cantidad de kilómetros que recorrían sin apenas efectivos de seguridad y vigilancia que ayudasen a contener los ataques, generalmente lanzados por un gran número de personas armadas hasta los dientes. De hecho, las recomendaciones para aumentar la seguridad a bordo de las TPO no solían aprobarse. En 1960, sin embargo, la Oficina de Investigación de Correos de Gran Bretaña logró que todos los trenes correo que llevasen paquetes de gran valor fueran equipados con alarmas, rejas en las ventajas y cerrojos y pestillos adicionales en las puertas. La medida se aplicó finalmente en 1962, aunque se mantuvieron una serie de vagones sin alarma en reserva, como medida de precaución ante averías de última hora.

2,6 millones de libras

Un festivo motivó el tren asaltado en ‘El robo del siglo’ llevara nueve veces más dinero de lo habitual

La casualidad quiso que, en la madrugada del 8 de agosto de 1963, tuviera lugar el mayor golpe a un tren correo que se recuerda en la historia. Su popularidad fue tal que el cine, Los Beatles y los Sex Pistols le dedicaron un hueco en sus creaciones. Se conoció como ‘El robo del siglo’. Durante esa noche, el tren asaltado, operado por Royal Mail, viajaba de la estación central de Glasgow hacia Londres. El tren empleó precisamente como TPO un vagón de reserva sin sistema de alarmas para transportar 126 sacos repletos de dinero procedente de los bancos situados entre ambas localidades inglesas. El cargamento era conocido sólo por unas pocas personas, entre ellas, un par que actuaron de informadores y de líderes: Ronnie Biggs, Bruce Reynolds y su banda estaban dispuestos a llevar a cabo una operación que, de producirse, los retiraría para el resto de su vida. Reynolds supo de la existencia del tren de Glasgow en una confidencia carcelaria en 1960, y tres años después lo planificó con su antiguo compañero Biggs.

Fotografía del guante que cubría la luz que hizo detenerse al tren y la batería que dio el color rojo a la señal | Policía de Thames Valley

La banda no dejó nada al azar, ni siquiera la propia fecha del atraco. Ese fin de semana había sido festivo. En cualquier otra fecha, los asaltantes se habrían encontrado un botín cercano a las 300.000 libras esterlinas. Pero debido al cierre de los bancos por la festividad, había muchos envíos certificados pendientes, así que el tren cargaba nueve veces esa cantidad: aproximadamente 2,6 millones de libras esterlinas (cerca de 50 millones de euros actuales). Tras haber viajado durante toda la noche, el convoy se acercaba al final de su trayecto cuando fue detenido por una luz roja en la localidad de Cheddington. El maquinista tuvo que detener el tren ante la extrañeza de su ayudante, que decidió bajarse para ver qué sucedía y comunicarse por teléfono con la estación más cercana. Allí se encontró con los cables telefónicos cortados y a 15 individuos disfrazados de soldados que lo ataron y lo golpearon por oponer resistencia. Fue el único acto violento del plan.

Más tarde, la investigación policial averiguó que los asaltantes habían colocado un guante sobre la luz, originalmente verde, y conectado una batería para lograr el color rojo. El grupo desenganchó el vagón de correos y obligó al maquinista a reanudar la marcha otro medio kilómetro hasta el puente ferroviario de Bridego, el punto de encuentro acordado por la banda. Allí les esperaba otro grupo de ladrones formando una cadena humana hasta los vehículos aparcados debajo del puente. Con el vagón de correos parado de nuevo, las bolsas fueron saliendo por las ventanas una a una. En minutos, los atacantes habían huido como millonarios gracias, entre otras cosas, a las etiquetas rojas de los sacos que los identificaban fácilmente como mercancías de alto valor. La audacia del ataque dejó boquiabiertas a las autoridades, que llegaron al puente 45 minutos después, y a la ciudadanía en general.

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Informe de la investigación policial de 1964 acerca de ‘El robo del siglo’

FUENTE

Archivo de Royal Mail disponible en el Museo Postal de Gran Bretaña

Informe de la investigación policial de 1964 acerca de 'El robo del siglo'

El Servicio de Investigación de Correos tuvo que determinar inmediatamente cuánto dinero había sido robado e identificar los billetes sustraídos, notificando su pérdida a los bancos. Este procedimiento y muchos otros elementos clave de la investigación están documentados en un informe de carácter público elaborado en mayo de 1964 y custodiado en el Archivo de Royal Mail en el Museo Postal de Gran Bretaña. Incluye detalles de los acontecimientos de la noche del robo, memorandos, correspondencia, listas confidenciales de sospechosos, calendario de detenciones y procesamientos, detalles de los intentos de localizar a los sospechosos desaparecidos, recortes de prensa y un cartel de la policía en el que aparecen los sospechosos buscados. Los bancos ofrecieron una recompensa sin precedentes de 250.000 libras por cualquier información sobre el robo, más las 10.000 que añadió el director general de Royal Mail, que regresó corriendo de sus vacaciones tras enterarse del delito.

CUANDO TU DELATOR ES TU PROPIO BOTÍN
“Fue un robo casi perfecto… Pero sólo casi”, sostiene Lourdes Orozco (Fundación de los Ferrocarriles Españoles). Un día, un vecino de la localidad campestre de Leatherslade llamó a la policía porque sospechaba de algunos movimientos extraños en una granja cercana a su casa. Cinco días después, los agentes se presentaron allí y descubrieron todo un arsenal de errores de principiantes que facilitó la detención de la banda. Se encontraron bolsas de correo vacías esparcidas dentro y fuera de la propiedad (algunas de ellas, a medio enterrar); una pila de envoltorios con la inscripción de uno de los bancos a los que se robó el dinero en el atraco; restos de comida; y un tablero de Monopoly que dejaron olvidado allí. “Ese detalle fue como ir a la cárcel sin pasar por la casilla de salida”, bromea Lourdes Orozco. De este hallazgo, se dedujo que los ladrones habían esperado allí escondidos el momento adecuado para escapar y que, para pasar el rato, se habían entretenido jugando a ese juego de mesa, dejando sus huellas dactilares en las fichas y en los billetes que habían empleado, que no eran otros que los que habían robado.

crónica de una metedura de pata

Seis meses después, todos los implicados eran detenidos, declarados culpables en el juicio y condenados a 30 años de prisión, salvo Reynolds, que permaneció huido varios años más, y Biggs, que se fugó de la cárcel y, “en el colmo del descaro, cantó con los Sex Pistols una canción sobre su atraco y se pegó la gran vida en Brasil antes de regresar en 2001 para cumplir el resto de condena en Reino Unido”, apunta Lourdes Orozco. Sin duda, el caso se tomó como una enorme llamada de atención para el sistema al completo: había que tomar medidas y había que tomarlas ya. Los vagones equipados con seguridad adicional fueron puestos de nuevo en circulación inmediatamente, se creó un vagón seguro adicional y se mejoraron e inspeccionaron las rejas, los cerrojos y los pestillos. Además, se implantó un sistema de radio en las TPO, una medida rechazada anteriormente por ser demasiado cara.

Las investigaciones que se llevaron a cabo a raíz de ‘El robo del siglo’ formaban parte de esta larga historia de detección de delitos en el servicio postal. A título de curiosidad, quienes hoy desempeñan un papel vital en el Royal Mail Group Security, la división del servicio postal dedicado a garantizar la seguridad de las mercancías a bordo de los vehículos de transporte, son sucesores de las personas que ayudaron a detener a los ladrones de trenes más famosos de la historia. Aunque el volumen de correo transportado por ferrocarril hoy en día ha disminuido considerablemente, los trenes correo sin personal a bordo han seguido formando parte del servicio postal del Reino Unido hasta hace relativamente poco tiempo. El último servicio de TPO en Reino Unido funcionó en 2004.

UN MEDIO DE TRANSPORTE DEMASIADO GOLOSO

Los trenes correo se implantaron desde el principio en todas las líneas ferroviarias operativas, según cuenta una de las ‘Revistas’ del ministerio de Fomento, actual ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible. Según este documento, había dos tipos de trenes correo: los estándar, que debían parar en todas las paradas, y los expreso, que lo hacían sólo en determinadas estaciones. El Estado estableció de forma regular el transporte de la correspondencia, con empleados a sueldo de la administración de Correos. Su misión era recoger y repartir la correspondencia a bordo de los trenes, que generalmente empleaban vagones de mercancías completos. “Se convertían así en trenes pesados, cuyos horarios eran difíciles de cumplir por sus características de servir a distintas actividades”, reconoce la publicación del ministerio.

Estos trenes circulaban generalmente por la noche y gozaban de gran popularidad entre la población porque servían de buzón de correo para enviar cualquier carta o producto. Y es que el simple gesto de introducir una carta en un buzón fue un auténtico reto: la idea nació en Inglaterra, donde se implantó la costumbre de cerrar los sobres frente a lo que se había hecho hasta entonces (doblar el papel), donde se inventó el empleo del sello y donde se estableció por ley la inviolabilidad de la correspondencia. Ese carácter inviolable de las cartas, junto con la cantidad de paquetes y dinero que se transportaba empezó a definir la importancia y delicadeza de la misión de los trenes correo. “En el interior de sus vagones se clasificaban los envíos durante el trayecto y se realizaban los intercambios en cada parada, lo que implicaba una alta capacidad de trabajar bajo presión”, explica la ‘Revista’.

El papel del personal de Correos que trabajaba a bordo de los vagones estaba bien remunerado porque tenía una alta tasa de peligrosidad: había riesgo de descarrilamientos, choques, incendios, retrasos de horas o días en las entregas, averías, desperfectos o los consabidos asaltos. “El personal viajaba totalmente aislado del resto del tren en los compartimentos de Correos, cerrados desde el interior como medida de precaución y la correspondencia se entregaba sin que existiera comunicación de los agentes con el exterior”, explica la ‘Revista’. En España, el último tren expreso que partió con una oficina de Correos ambulante salió de la estación de Chamartín (Madrid) el 30 de junio de 1993.

UN ROBO PERFECTO Y UNA CHAPUZA DE SEÑORITOS
España también sufrió los asaltos a trenes por parte de amigos de lo ajeno. En 1872, los desórdenes públicos fomentaron que parte del territorio quedase a merced de los bandoleros. Uno de los sucesos más llamativos por su violencia fue el atraco al tren correo en Manzanares (Ciudad Real) la noche del 31 de marzo. Un total de 21 ladrones armados retuvieron a los guardas que trabajaban en el paso a nivel entre esa localidad y la vecina Valdepeñas. “Obligaron a los guardas a levantar los raíles y dejaron las traviesas sobre la vía. A la llegada del tren procedente de Andalucía, ya de madrugada, los bandoleros dieron la orden a los guardas de hacerlo parar, pero fue imposible y el tren terminó descarrilando al tiempo que los ladrones disparaban sobre el convoy”, explican desde la Fundación de Ferrocarriles Españoles.

Imagen en la portada de la revista ‘La Ilustración Española y Americana’ en 1872 sobre el asalto al tren correo de Manzanares | Biblioteca Nacional de España

Según documentan las hemerotecas de la época, los testigos que viajaban en los vagones de pasaje vieron a los bandoleros huir “hacia Sierra Morena o los Montes de Toledo”, aunque las fuerzas del orden creyeron que se trató de un intento para despistarles, ya que esa misma noche se cortó el telégrafo entre Manzanares y Ciudad Real. Existen diferentes versiones sobre esto, pero se cree que pudieron ser los propios ladrones los que cortaron los cables para impedir que se difundiera el mensaje y que las tropas de Ciudad Real salieran en su persecución. Una buena jugada: la Guardia Civil los perdió en una zona montañosa. El botín pudo estar entre los 40.000 y los 50.000 reales “más la recaudación de la compañía ferroviaria que se transportaba hacia Madrid”, apunta Lourdes Orozco.

La otra cara de la moneda ocurrió en 1924. Entre abril y mayo, las portadas de los periódicos estuvieron ocupadas por el asalto al tren correo de Andalucía. Un tal José María Sánchez Navarrete, un vividor de gran afición a la vida nocturna por la que contrajo enormes deudas de juego, tuvo la feliz idea de dar un golpe fácil y rápido al tren correo. Para llevarlo a cabo, convenció al cubano José Donday, a quien conoció en una de esas noches y con quien compartía clase alta y cuentas pendientes con Hacienda. Entre los dos reclutaron a unos cuantos hombres más unidos por la mala vida y la morosidad. Pero Navarrete necesitaba involucrar a un empleado de Correos del tren, y el elegido fue Ángel Ors. Gracias a su ayuda, Navarrete, Ors y dos de los maleantes subirían al tren para asaltarlo.

Ni la droga, ni el botín, ni los muertos, ni la huida: nada salió como Navarrete planificó su asalto

Donday tenía la misión de preparar la huida después del golpe y hacerse con un licor narcotizado con el que dormir a Ors y al compañero con el que le tocaría compartir faena la noche del 11 de abril. La mala cabeza de Donday hizo que se gastase la mayor parte del dinero destinado a comprar el alcohol y el narcótico en juego la tarde antes del golpe. Su solución fue entregarles a Navarrete y compañía un licor barato sin más. El tren transportaba pagas de varias empresas a sus empleados, además de cartas de toda Europa que se distribuirían entre el norte de África y Gibraltar. Los tres compinches accedieron a él gracias a Ors en la estación de Aranjuez, mientras que Donday se había desplazado a Alcázar de San Juan (Ciudad Real) para huir en un taxi.

Haciendo gala de su don de gentes, Navarrete ofreció una copa a Ors y a su compañero para, supuestamente, hacerlos dormir. Pero el tiempo pasaba y aquellos dos seguían muy bien espabilados, así que los dos secuaces de Navarrete la emprendieron a golpes con el compañero de Ors, que cayó enseguida, y con el propio Ors, que murió de dos tiros. Tras haberse quitado de en medio a los dos empleados de Correos, los asaltantes abrieron las sacas descubriendo que el botín para nada compensaba las dos muertes. Fue todo un desastre. Una vez huidos los asaltantes, el empleado de la siguiente estación donde el expreso debía parar se extrañó de no ver luz dentro del vagón y avisó a Córdoba para dar la voz de alarma, donde finalmente se descubrieron los dos cadáveres.

Aunque la investigación se puso en marcha de inmediato, los ladrones se lo dieron masticado a las autoridades: fueron vistos por un churrero y dos serenos que inmediatamente sospecharon de dos señoritos acompañados de individuos de dudosa apariencia en actitud amigable. Las detenciones no tardaron en suceder, aunque uno de los ladrones se quitó la vida en el momento de ser apresado, y Donday logró huir a Francia para luego terminar entregándose en la embajada española. Una chapuza de principio a fin que terminó hasta convertida en película. “En realidad, los asaltos a trenes en el Oeste americano, en España o en todas partes siempre han sido un tema muy vistoso para el cine, pero eso ya es otra historia”, concluye Lourdes Orozco. Y, por lo visto, algunas habrían hecho llorar de pena o de risa a los mejores autores de novela negra.