4 de diciembre de 2022 | Actualizado 20:22
Andrés Arribas

Desarrollo sostenible, ¿un oxímoron?

Se cumplen 50 años desde que se dio a conocer la Informe Meadows. Este trabajo publicado en 1972 fue encargado a 17 científicos del conocido MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) por el Club de Roma, que era una No Organización Gubernamental, como le gustaba decir a su fundador Aurelio Peccei, formada por economistas, empresarios, políticos, pedagogos, científicos con más de 100 especialistas de más de 50 países. La financiación de este colosal trabajo corrió a cargo de la Fundación Volkswagen, lo que dice mucho de la visión y la importancia que le dieron al mismo. Pues bien, el encargo efectuado a Donella Meadows, humanista, doctora y científica biofísica ambiental, junto al resto de investigadores como su propio marido Dennis Meadows, Peter Milling, Erich Zahn, Jorgen Randers, Jay Forrester, William Behrens, etc, era que respondiera a la pregunta: ¿Puede el crecimiento económico continuar indefinidamente en un planeta finito?

Durante semanas, este equipo internacional integrado por científicos de cinco disciplinas, con una media de edad inferior a los 27 años, estuvo encerrado en una fábrica ubicada enfrente del MIT, donde dormían, comían, trabajaban sin horario, para dar respuesta a la pregunta anterior y que quedó plasmada en lo que sería el libro: ‘Los límites del crecimiento’.

Uno de los escenarios del Informe Meadows mostraba que el crecimiento se detendría en torno al año 2020

Con un diagrama de flujos, emplearon diversas metodologías para apoyarse en un modelo matemático donde introdujeron datos de la evolución durante el siglo pasado de cinco variables: la contaminación, la producción agrícola e industrial, el crecimiento de la población, la industrialización y el consumo de recursos naturales no renovables. También incluyeron mejoras que se producirían con el paso del tiempo por la aparición de nuevas tecnologías.

En el libro se plantean 12 posibles realidades, que van desde el colapso total hasta un escenario de equilibrio. Todo ello dependiendo de las acciones de las personas. Era incluso un libro optimista. Bastaba con tomar medidas al respecto en cada caso. En las variables de crecimiento exponencial como la población, crecimiento económico, incremento industrial, etc, o se descendía de una forma ordenada o la naturaleza nos obligaría a descender por la fuerza, para volver a niveles sostenibles. Pues bien uno de esos escenarios, el ‘standard’, mostraba que el crecimiento se detendría en torno al año 2020. En ese momento todas las variables: producción industrial, alimentos, servicios, etc, tocaban techo y en 15 años comenzarían un inexorable declive. ¿Qué les parece? ¿Se asemeja ese escenario a nuestra realidad actual?

Se vendieron decenas de millones de ejemplares traducidos a 35 idiomas y la respuesta inmediata fue de manual, como siempre, los autores del informe fueron tildados con desdén de agoreros, comunistas, malthusianos,… hasta se publicó un editorial a toda plana en el New York Times firmado por tres macroeconomistas americanos de renombre, donde refutaban el texto como una patraña.

Se han celebrado hasta la fecha 26 cumbres del clima (COP) hasta la fecha con un resultado descorazonador

En ese mismo año de 1972, se celebró en Estocolmo la primera cumbre del clima auspiciada por Canadá, país muy sensibilizado al informe. No se produjo ningún acuerdo. Desde Río de Janeiro en 1992 con la Cumbre de la Tierra hasta la última en 2021 en Glasgow, se han celebrado 26 COP (Conferencia de las Partes, por su acrónimo en inglés) que se enmarcan en la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, (CMNUCC) con un resultado descorazonador. Siempre se han ido aplazando las decisiones. A pesar de lo perturbador que es comprobar que el modelo de 1972 estaba tan bien hecho, que profetizaba cómo la suma de dos variables: el consumo de recursos no renovables más la contaminación/polución nos podría llevar al colapso.

“¿Si hubiera 30 días para salvar el mundo, haríamos algo antes del día 29? No perdamos tiempo en el debate de si la ciencia tiene razón o no. Tomemos medidas el día 1”. Es lo que decía William Behrens uno de los autores del informe. Y es que el tiempo es el menos renovable de todos los recursos que tenemos.

Tomemos medidas a favor del clima lo antes posible, porque el tiempo es el menos renovable de los recursos

¿Quién ha dicho que no se puede subvertir el paradigma actual, que no se pueden modificar los hábitos de consumo actuales porque colapsaría la sociedad, que cambiar el actual estatus comporta un decrecimiento y por tanto una caída del bienestar, …? Hemos sufrido una experiencia hace dos años que nos debería hacer reflexionar y comprobar que los reduccionistas que etiquetan de profetas del apocalipsis a los que creemos en la necesidad de acabar con el actual modelo ‘business as usual’ se equivocan. En marzo del 2020 y no quiero frivolizar, aunque me parece de justicia poética el comprobar casi como una parábola, que el colectivo negacionista, (el mundo ortodoxo) que defiende el no cambiar comportamientos, ni reducir consumos, que el tiempo lo arreglará todo, etc, se enfrentó a otro colectivo (la naturaleza, la tierra) que le avisaba de que a este ritmo no podía continuar. Así que harto del despilfarro y no tomar medidas de contención, le contestó: ¡ah!, no quieres cambiar porque es imposible reordenar el sistema, porque se paralizaría el planeta, porque …., pues te envío un virus, el Covid, a ver como lo gestionas, seguro que vas a cambiar e incluso mejorar.

Y el virus lo cambió todo. Cambió nuestros hábitos, nuestra forma de relacionarnos, de desplazarnos, de trabajar, se redujo la contaminación,… porque había una motivación esencial y transversal a todos: la vida.

Siguiendo con la “parábola” y tomando el título de mi artículo, ¿podemos trabajar para facilitar un cambio a mejor en esta emergencia del planeta en el 2022, sin que tengamos desabastecimiento, ni cuellos de botella, ni reducción de nuestros estándares de bienestar, ni confrontaciones dialécticas estériles que nos alejen de nuestro objetivo que es salvar nuestro ecosistema? Claro que podemos, incluso debemos. Bajo mi punto de vista, no se necesita un esfuerzo doloroso y traumático. Pasa por un cambio de paradigma utilizando recetas sencillas. Por modificar las métricas que hasta ahora hemos empleado como indicadores y que ya no nos valen, véase el PIB o la renta per cápita, que recogen valores atávicos que hoy día no corresponden a la demanda de la sociedad que busca otros objetivos de medida como la salud, la felicidad. Decelerar el modelo extractivo de recursos fósiles que es autodestructivo, por otro alternativo de energías renovables como la energía solar que es la más abundante y la más barata, (por cierto, que en 1979 ya lo planteó el presidente americano Jimmy Carter) y no engañarnos llamando energías verdes a la energía nuclear y al gas, como recientemente ha pactado la UE.

Hago este llamamiento a las personas de nuestra sociedad que sí crean que se puede salir de este caos climático

En el caso de España, incrementar el reparto modal del transporte de mercancías a favor del ferrocarril. Un cambio cultural radical, a lo mejor el pensamiento occidental no es en la actualidad la mejor doctrina donde podamos leer la guía a esta transición necesaria: el acabar con las puertas giratorias que perpetúan el status quo, el impulsar microproyectos de proximidad de toda índole, (en nuestro modelo económico ya no funciona el ‘ceteris paribus’), el respetar a los que no piensan como nosotros haciendo una escucha activa de sus propuestas, desde luego y con mayúsculas la incorporación de más mujeres a órganos de decisión,… En otras palabras y como ha bautizado algún autor amigo, establecer un nuevo humanismo. Se trata de diseñar catedrales en las que volquemos nuestra experiencia, nuestro mejor hacer y que empecemos a construirlas sabiendo que no las veremos acabar, pero que perdurarán en el tiempo y otros las admirarán.

Hago este llamamiento a las personas de nuestra sociedad que tengan esperanza y que crean que sí se puede salir de este caos climático, porque los que nos han metido en él no lo van a hacer. Es más, alguno de ellos ya da por perdido el planeta Tierra y ha creado su compañía para escapar a Marte, me refiero a Elon Musk y su proyecto SpaceX. Si no cambiamos, serán proféticas las palabras del escritor uruguayo Eduardo Galeano: “Vamos directos al desastre, pero joder, ¡en qué coches!”. Hoy más que nunca tiene relevancia premonitoria, el augurio de los indios canadienses Cree: Solo cuando se haya talado el último árbol. Solo cuando se haya envenenado el último río. Solo cuando se haya pescado el último pez. Solo entonces, descubrirá el hombre blanco que el dinero no es comestible.