26 de julio de 2021 | Actualizado 14:47
Mafran Martínez

Despreciando la optimización

En conversaciones recientes con un grupo tecnológico de primer nivel que está intentando abrirse paso en el sector logístico, salió el tema de quién decide en las rutas. Fue un debate extremadamente interesante, digno de compartirse. El sector logístico tiene algunas particularidades. Los puertos son nodos en una cadena donde se ofrecen servicios para que sean usados por operadores logísticos que, en la práctica, tienen tal poder que dominan el sector. Son estos grandes los que deciden su “puerto”, y una vez decidida su “base” buscan clientes para que utilicen sus servicios.

Estos clientes, verdaderos propietarios de la carga (importadores o exportadores), celebran un contrato con los operadores logísticos ante el que los gestores de las infraestructuras poco pueden hacer. Este contrato tiene un plazo y un precio comprometido para el transporte, que cumpliéndose, todos contentos. Sin embargo, este modelo, que ha funcionado durante muchos años, es un modelo que desprecia la optimización. Y digo esto, aunque suene duro, porque en la práctica son los operadores los que deciden el camino que la mercancía va a seguir y hay un parámetro que es inamovible: las instalaciones que se usan son siempre las mismas, por lo que geográficamente está anclado a ciertas rutas que, incluso obsoletas por la aparición de otras nuevas más eficientes, se seguirán utilizando.

¿Tiene sentido despreciar la optimización de las rutas por mantener un modelo de otro tiempo?

Por ejemplo, ¿tiene sentido que tráficos perecederos que vienen de Sudamérica tengan su base en el entorno levantino? Pues seguramente no. El simple sentido común nos dice que estos productos que vienen de Sudamérica deberían entrar por los puertos sud-atlánticos de España y consecuentemente tener su base en ese entorno. Pero no, la empresa que ha conseguido hacerse con el negocio ha instalado su base donde la ha instalado, y hasta que no se amortice o le surja una competencia que le haga entrar en pérdidas no va a optar por optimizar la cadena.

La particularidad de este sector hace que, en este sinsentido, los más perjudicados no sean los puertos, ni los operadores logísticos, sino los propios clientes de los operadores logísticos, los propietarios de la carga, los que pagan el transporte que, con una especie de síndrome de Estocolmo, asumen una pérdida de dinero por no utilizar las rutas óptimas aceptándolo con total desconocimiento. Y claro, también somos perjudicados nosotros, los consumidores, porque compramos productos que han desperdiciado días en trayectos inútiles. Eso sí, como se nos estropean antes, antes volveremos a comprar.

Quizás sea el momento de optar por operadores no anclados al territorio y capaces de utilizar rutas flexibles

En un mundo donde la sostenibilidad se ha convertido en la piedra angular de las decisiones, ¿tiene sentido despreciar la optimización de las rutas por mantener un modelo de otro tiempo? Es un poco vergonzante pertenecer a un sector donde las pérdidas por productos desperdiciados son enormes y todo porque las empresas se empeñan en agarrarse a un modelo geográfico ampliamente sobrepasado en la sociedad actual. Quizás sea el momento en que los propietarios de la carga, los minoristas, decidan qué ruta utilizar. Quizás sea el momento de optar por operadores no anclados al territorio y capaces de utilizar rutas flexibles, abiertos a las nuevas oportunidades que los puertos continuamente ofrecen.

Simplemente dejo un dato para la reflexión en este sentido: la logística de los grupos que hacen su propia logística es mucho más dinámica, ágil y ajustada a su negocio que la que confían a operadores externos. Y por cierto, les suele ir bastante bien. ¿Casualidad?