1 de noviembre de 2020 | Actualizado 9:54
Oriol Montanyà

El teletrabajo y el Titanic del siglo XVII

El museo más visitado de toda Escandinavia es el Vasamuseet, un recinto de Estocolmo íntegramente dedicado a un barco conocido como el ‘Titanic del siglo XVII’. Más de un millón de personas se sienten atraídas cada año por la magnificencia y el misterio de la que tenía que ser la nave de guerra más imponente del mundo, pero que se acabó hundiendo en su viaje inaugural, después de haber recorrido tan solo 1.300 metros y a causa de una ligera ráfaga de viento de menos de 8 nudos de intensidad, provocando la muerte de 53 tripulantes y escribiendo una de las páginas más vergonzantes de la historia de Suecia.

El barco ‘Vasa’ mantiene una capacidad de seducción difícil de esquivar, no solo por el excelente estado de conservación de una pieza que se encuentra a medio camino entre la ingeniería y la escultura, sino también por el relato de unos hechos cautivadores que nos permiten entender como las ambiciones más elevadas pueden acabar perdiéndose en el fondo del mar. Tenemos la suerte de conocer casi todos los detalles de la singular historia del ‘Vasa’, gracias a los numerosos trabajos de investigación que se han realizado, como el artículo de los profesores norteamericanos Richard E. Fairley y Mary Jane Willshire, que analiza minuciosamente los acontecimientos para extraer aprendizajes que se pueden aplicar a la dirección de cualquier proyecto empresarial.

La historia del ‘Vasa’ se enmarca en la Guerra de los Treinta Años, cuando el Rey Gustavo II Adolfo de Suecia encarga la construcción de una serie de barcos para reforzar su flota y erigirse en una potencia naval de primer orden. De entre todas las embarcaciones que se tenían que construir, había una que estaba llamada a ser el gran símbolo de la armada real, con más de 60 metros de eslora, 10 velas majestuosas, 64 cañones de bronce y 700 esculturas policromadas. Una producción única que sería bautizada con el nombre de la dinastía monárquica (Vasa) y que serviría para poner de manifiesto el dominio sueco sobre el mar Báltico.

El rey sueco Gustavo II Adolfo coordinó a distancia la construcción de un buque en el siglo XVII

El proceso de construcción se inició en 1625 y se alargó durando casi tres años, un periodo en el que se sucedieron varias modificaciones de criterio (como la decisión de introducir una segunda cubierta para igualar los innovadores barcos de Dinamarca) y algunas adversidades importantes (como la muerte del principal armador un año antes de culminar su obra). Pero si hubo un hecho que marcó de forma determinante el devenir del proyecto es que el rey Gustavo II Adolfo, la persona que invertía el dinero y marcaba todos los requisitos del barco, se encontraba en Polonia encabezando las batallas de su ejército. Podríamos decir, pues, que el rey sueco fue un pionero del teletrabajo, optando por coordinar las tareas del ‘Vasa’ a más de 1.000 kilómetros de distancia.

Desde el punto de vista de la dirección del proyecto, la separación física del rey acabó siendo un factor claramente contraproducente, puesto que impidió que se llevara a cabo una de las funciones clave de cualquier liderazgo: la supervisión de los procesos. Y es que solo unos días antes de la presentación oficial del barco, se le realizó una última prueba de estabilidad, consistente en hacer correr 30 tripulantes de punta a punta de la nave, cosa que puso de manifiesto sus graves problemas estructurales, ya que se tambaleó de forma preocupante. Aun así, como el rey no estaba presente en este ensayo, los encargados de evaluarlo optaron por minimizar los resultados y mantener la fecha fijada para el viaje inaugural, el 10 de agosto de 1628, día en que el ‘Vasa’ se hundió en la bahía de Estocolmo.

Por otro lado, el teleliderazgo del rey Gustavo II Adolfo también impidió que pudiera estar cerca de su equipo, captando las necesidades de las personas y ofreciéndoles las soluciones oportunas. De hecho, después del fallecimiento del armador naval, afloraron un sinfín de disfunciones en cuanto a la organización del proyecto, con 400 empleados ejecutando su trabajo sin la comunicación necesaria ni la coordinación suficiente, obsesionados únicamente por tener la nave terminada antes de la fecha prevista. Un capital humano tan mal gestionado que acabó provocando un incalculable derroche de recursos y esfuerzos.

Las bondades del teletrabajo deben ser compatibles con las tareas de liderazgo inherentes a una buena gestión

Es evidente que el siglo XVII no es el siglo XXI. Y es obvio que los avances tecnológicos facilitan en gran medida el teletrabajo. Pero hay lecciones históricas que son atemporales, como la del fracaso del ‘Vasa’, que nos recuerda que las bondades de trabajar a distancia tienen que ser compatibles con el ejercicio de aquellas tareas de liderazgo inherentes a una buena gestión, como son la supervisión de procesos sobre el terreno y el acompañamiento de las personas que integran el equipo. Y he aquí la gran dificultad a la hora de implantar el teletrabajo: establecer criterios para dirimir cuando la separación física puede aportar valor a la organización (especialmente en términos de ahorro de tiempo y conciliación familiar) y cuando la proximidad compartida se convierte en condición irrenunciable (para captar aquellos inputs cualitativos que no aparecen en los indicadores de control, pero que son básicos para tomar decisiones estratégicas).

El ‘Vasa’ descansó bajo las aguas del mar Báltico durante más de 300 años, hasta que en 1961 lo reflotaron y restauraron para su exposición permanente en el Vasamuseet. A pesar del transcurso del tiempo, el buen estado de la embarcación permitió a los técnicos identificar los errores de construcción que provocaron el naufragio de una nave demasiado voluminosa en relación con su punto de equilibrio. Por lo tanto, al tamaño de los barcos le podríamos aplicar la misma máxima que al teletrabajo, aquella que dice que “el veneno está en la dosis”.