20 de mayo de 2022 | Actualizado 17:30
Aitor Vieco

Mariano Fernández, siempre te echaremos de menos

Nunca pensé que tuviera que dirigirme a los lectores de El Mercantil para comunicarles algo así. Nuestro querido Mariano Fernández ha fallecido. Ya no podremos disfrutar de su conocimiento, ni de su sorna tan característica, ni de sus valores, ni de su optimismo y pasión, ni de su bello acento asturiano,… Ni de tantas otras cosas que nos aportaba a todos los que hemos tenido la fortuna de conocerlo. Aún resuena en mi cabeza su voz característica y como timbreaba al pronunciar mi nombre. Nos ha dejado huérfanos, muy huérfanos.

Mariano siempre se significó como un transitario de pura cepa, de esos que ya no existen, de esos que conectan personas, que generan negocios y que buscan soluciones. No dejaba pasar oportunidad de ayudar y de proponer. Le salía de las entrañas, incluso años después de haberse jubilado. Es común que muchas personas al jubilarse se alejen de la actividad que han estado desempeñando. No fue su caso. Estaba siempre atento a las tendencias del comercio internacional y de sus protagonistas con el fin de aportar de forma altruista todo lo que había aprendido a lo largo de su vida.

Escucharle era una auténtica delicia, historias llenas de enseñanzas y de chascarrillos divertidos. Era capaz de engancharte con sus explicaciones y narraciones, que no es tarea sencilla en este mundo sobreestimulado. Son muchas las conversaciones que se me atropellan y muchos los lugares en los que se produjeron, desde lejanos países durante las misiones empresariales del puerto de Barcelona hasta comidas en petit comité o encuentros en los actos propios de la comunidad portuaria de la capital catalana. Por desgracia, en los últimos tiempos, nuestro contacto fue mayoritariamente por teléfono o mensajes. Nos quedó pendiente una comida que tuvimos que ir posponiendo y que ahora solo podré imaginar.

Recuerdo con especial cariño los mensajes que nos intercambiamos el último verano. Llevaba Mariano algunos años inmerso en mil batallas de salud, de las que se escabullía con optimismo, fuerza de voluntad, intensidad y pasión, valores profundamente arraigados a su persona. “Mi frustrada vocación de marino me hace resistir a las acometidas de la navegación en un mar de constantes subidas y bajadas del nivel de agua”, me escribía a mediados de julio.

Unos días después, no pude evitar explicarle que estaba de vacaciones en Asturias, su tierra natal, con la idea de entretenerle y de hacerle olvidar las acometidas a su salud. Tal como era él, me hizo de guía a distancia durante todo el viaje, desde Colunga y Lastres hasta el cementerio de Niembro, por poner algunos ejemplos. Pero si un lugar recuerdo con especial intensidad es la Playa de Barro, en la que unas cuantas décadas antes, se cruzó en la vida de Mariano su mujer. Seguro que no me habría perdonado escribir algo sobre él sin dedicar unas breves líneas a su patria asturiana.

Mariano, nadie te va a llorar ni a echar más de menos que tus seres queridos más cercanos, pero ten por seguro que somos muchos los de la familia postiza del mundo logístico que te echaremos de menos lo que nos resta de vida. Nos has dejado huérfanos, muy huérfanos. No nos queda otra que consolarnos con los recuerdos, con tu generosa sonrisa y la luz de tus ojos.