22 de septiembre de 2021 | Actualizado 17:03
Mafran Martínez

Un cambio en el modelo global

Se ha producido desde la pandemia un efecto muy extraño en el tráfico marítimo, especialmente de contenedores. Con el Covid-19, no se han dejado de construir buques ni los puertos han dejado de prestar servicio, sin embargo, aunque estamos en niveles parecidos a 2019, el flete se ha disparado al triple del que había en ese año.

Desde las navieras se limitan a decir que simplemente es que hay más demanda que oferta, lo cual las deja en una posición comprometida, pues si estamos en niveles de 2019… ¿Cómo puede haber esta diferencia? En parte es porque las cadenas se han desbalanceado y se ha roto el frágil equilibrio de un sistema global que exprimía los beneficios sin plantear otros conceptos, que suponen un coste.

En mi etapa de diseñador de redes de telecomunicaciones, me enseñaron que una red es necesario plantearla con un plan A, con un plan B y hasta con un plan C, porque lo verdaderamente importante era el servicio, no el coste. Este modelo de diseño de redes no ha sido aún planteado en logística, en el que la deslocalización de la producción y una pandemia del todo inesperada, ha puesto patas arriba el modelo. Nos encontramos en 2021 con una producción deslocalizada miles de kilómetros y con un tráfico marítimo que, por lo que sea, no es capaz de dar respuesta a la demanda actual. ¿Y ahora qué?

Somos los consumidores y no los tiburones empresariales quienes hemos fomentado el modelo de deslocalización

La primera respuesta que surge, casi inmediata, es que hay que volver a acercar la producción a los centros de consumo. Pero esta idea, muy lógica, entra en confrontación con un modelo global que se ha demostrado poco resiliente ante un problema serio. Frente a la empresa que quiere incrementos de beneficios de dos dígitos, se plantea un nuevo modelo, empresas que apuesten por un crecimiento más moderado, incluso pequeño, pero que a cambio estén dispuestas a dar respuesta a situaciones críticas. Volver a un modelo más tradicional de producción en el que la distancia entre fabricación y consumo no se mida en semanas.

Pero no nos hagamos trampas al solitario. El modelo ha funcionado porque los consumidores, todos, apostamos por lo barato. Nadie está dispuesto a pagar más por lo mismo. Ahí, en la tienda, da igual dónde se haya fabricado o cuanto haya tardado en llegar. Queremos una camiseta a tres euros. Somos nosotros y no los tiburones empresariales quienes hemos fomentado este modelo. Y que, por cierto, es lógico.

Quizás sea el momento de acercar la producción al consumidor compensando el aumento de costes

¿Y cómo solucionar este problema? Pues quizás es el momento. Ahora llegan los fondos Next Generation y se apuesta por tecnología y energías limpias. Y como somos como somos, simplificamos por el amor a las palabras técnicas de moda. Postureo. Pero quizás sea el momento de profundizar y apostar por un cambio en el sistema global, acercar la producción al consumidor, buscando herramientas para compensar el incremento de costes salariales que se producen al fabricar en los países con derechos consolidados mediante, por ejemplo, de una reducción de los costes logísticos que se han manifestado insostenibles, de una menor necesidad de mano de obra gracias a la tecnología o de un menor costes energético por el uso de energías alternativas y autoconsumo energético.

No tenemos más remedio que aprender de nuestros errores. Crisis tiene un significado adicional al de depresión: cambio. Pues tenemos una oportunidad de oro a nivel país para aprovechar y convertir la crisis en un cambio, por supuesto, a mejor.