24 de junio de 2024 | Actualizado 5:35
Exposición 'Agustín de Betancourt 1758 - 1824. Fundador de la Escuela de Caminos y Canales. Ingeniero cosmopolita' / Libro 'Agustín de Betancourt 1758 - 1824. Fundador de la Escuela de Caminos y Canales. Ingeniero cosmopolita'

Seis ciudades, un mapa y un espía para entender nuestros caminos, canales y puertos

La ingeniería moderna y las infraestructuras sobre las que transitan personas y mercancías no se entenderían sin Agustín de Betancourt

¿Puede un ser humano tener seis profesiones, hablar seis idiomas, haber vivido en seis ciudades, ser un maestro del dibujo, saber rediseñar máquinas con un solo vistazo, tener don de gentes para codearse con las más altas esferas de cuatro países y ejercer de espía ocasional en tiempo libre? La respuesta más lógica sería no. La más sencilla nos retrotraería a 1758, año de nacimiento de un niño de la nobleza canaria que enseguida destacó por su curiosidad, su inteligencia y su precocidad en asuntos que ni siquiera muchos adultos podían llegar a comprender. Es la historia de un joven que partió del Puerto de la Cruz (Tenerife) con una beca de la realeza y el apoyo moral y económico de toda una isla bajo el brazo para formarse en las mejores disciplinas técnicas en Madrid. Es la historia de un hombre que cambió para siempre los conceptos de la ingeniería, que llegó a fundar la primera escuela de ingenieros de España y cuya obra ha sentado las bases de las infraestructuras modernas por las que ahora transitan personas y mercancías.

“Fue consultor en España, redactó el tratado de cinemática en Francia y fue constructor en Rusia”
Fernando Ruiz Ruiz de Gopegui Vocal del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos

Este año se conmemora el segundo centenario de la muerte de Agustín de Betancourt. Con motivo de esta efeméride, se celebra una exposición en la Biblioteca Nacional de España para dar a conocer el legado de uno de los principales ingenieros y técnicos de la Ilustración. Su trayectoria discurrió entre España, Francia, Reino Unido y Rusia. En todos estos países, llevó a cabo una extraordinaria labor en el ámbito de la ingeniería y la técnica, obteniendo el reconocimiento de destacadas autoridades políticas y científicas. Betancourt perteneció a una Europa que apostó por el diálogo, que confió en que la puesta en común de experiencias y estudios contribuirían al desarrollo de los saberes. Su curiosidad técnica se proyectó en múltiples direcciones porque siempre manifestó el placer que le proporcionaba experimentar con máquinas, idear nuevas soluciones y conversar con técnicos y artesanos. Tanto los proyectos que salieron adelante como los que no le sirvieron para enriquecer los debates científicos contemporáneos y para promocionarse en los círculos técnicos del mundo.

Betancourt era ingeniero civil y militar, arquitecto, ensayista, científico, inventor y precursor de la radio, la telegrafía y la termodinámica. Eran tantas cosas que, de hecho, la exposición ‘Agustín de Betancourt 1758 – 1824. Fundador de la Escuela de Caminos y Canales. Ingeniero cosmopolita’ puede abarcar sólo unos pocos aspectos de su vida y obra, pero se complementa con un libro del mismo nombre que aborda todas y cada una de las aportaciones del ingeniero a la ciencia actual. Y no fueron pocas. “Simplificando mucho, podríamos decir que Agustín de Betancourt fue ‘consultor’ en España, donde redactó formidables informes y tuvo un papel decisivo en la creación del Cuerpo y la Escuela de Ingenieros de Caminos”, describe el vocal del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, Fernando Ruiz Ruiz de Gopegui. “En Francia redactó el primer tratado mundial de cinemática, el Ensayo sobre la Composición de las Máquinas; y en Rusia fue constructor”.

La redacción de unas memorias sobre las minas de Almadén le proyectó más allá de nuestras fronteras

Su vasta carrera cobra aún más importancia si se analiza el contexto europeo de la época, sacudido por los cataclismos políticos y militares entre 1780 y 1810, como recoge el libro de la exposición, en el que han participado diversas entidades universitarias, administraciones públicas, centros de estudios y fundaciones. En su interior escriben una veintena de profesionales de la ingeniería de España, Francia, Italia, Rusia y hasta de América Latina. Según el libro, Agustín de Betancourt formó parte del movimiento de expertos enviados a los distintos centros europeos de excelencia técnica por parte de países con carencias en infraestructuras y que buscaban modernizarse. Tal era el caso de España y Rusia. También asumió un papel de mediador en la difusión de conocimientos a escala europea. “Participó en el desarrollo de máquinas de vapor, relojería, instrumentos de medida, ingeniería mecánica, hidráulica, obras públicas y arquitectura”, recuerda el libro.

Cuatro grandes urbes europeas le acogieron en diferentes momentos de su vida: Madrid, París, Londres y San Petersburgo. “Francia e Inglaterra le sirvieron de fuentes de formación, ideas e inspiración, de trampolines de ascenso social y de puerta de entrada a nuevos horizontes”, explica el tomo de la exposición. Francia, de hecho, es su última escala en su camino hacia la Rusia imperial. Un periplo que es tan extenso y con tantas aportaciones en cada ubicación que resulta casi imposible de resumir si no es echando mano de un mapa. “Las etapas de la vida de Agustín de Betancourt son tres muy marcadas”, describe Ruiz de Gopegui. “Hasta los 20 años no salió de su Tenerife natal y ya no volvió nunca”.

CANARIAS-MADRID-ALMADÉN
El primer contacto del joven Agustín con la Península fue en octubre de 1778, cuando llegó a una ciudad, Madrid, hasta entonces descuidada, pero que aspiraba a convertirse en una capital moderna, en consonancia con las ganas de regeneración que había en la corte de Carlos III. Todo Madrid era una inmensa obra: tocaba ensanchar calles, trazar arterias de transporte, construir puentes, instalar alcantarillado y alumbrado público, etc. Aunque las primeras etapas en la capital fueron esencialmente de aprendizaje, la primera ocasión de demostrar su talento fuera de lo común fue en un viaje a Almadén (Ciudad Real), ciudad minera en la que era necesario inspeccionar las minas de mercurio, un recurso que la Corona española había explotado masivamente con unas infraestructuras bastante anticuadas. Agustín de Betancourt redactó tres memorias: una sobre problemas de evacuación de aguas en la mina, otra sobre extracción y transporte del mercurio y la tercera, sobre la producción del mineral.

MARCANDO EL PASO DESDE 1799
Siguiendo el modelo francés, Betancourt impulsó la creación de la Inspección General de Caminos y Canales. Por primera vez, institucionalizó en España la figura del ingeniero civil y, para garantizar su formación, fundó en 1802 la Escuela de Caminos y Canales en Madrid (la actual Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos). “Se le considera el primer ingeniero de la historia de España porque fundó en 1799 lo que hoy es el Cuerpo de Ingenieros de Caminos”, además de la Escuela, señala Ruiz de Gopegui. “Además, su conocimiento universal hace de él precursor de otras ramas de la ingeniería: industrial (por el Gabinete de Máquinas), montes y agrónomos (por sus actuaciones en el Soto de Roma), telecomunicaciones (por el telégrafo óptico) y aeronáuticos (por el globo aerostático)”. Incluso durante su estancia en Rusia, Betancourt también participó en la creación del Cuerpo de Ingenieros de Vías de Comunicación y en la creación de su escuela.

un genio en siete diseños

Maqueta del andamiaje proyectado por Agustín de Betancourt para la elevación de las columnas de la catedral de San Isaae de San Petersburgo | Exposición 'Agustín de Betancourt 1758 - 1824. Fundador de la Escuela de Caminos y Canales. Ingeniero cosmopolita'
Maqueta del andamiaje proyectado por Agustín de Betancourt para la elevación de las columnas de la catedral de San Isaae de San Petersburgo | Exposición 'Agustín de Betancourt 1758 - 1824. Fundador de la Escuela de Caminos y Canales. Ingeniero cosmopolita'

PARÍS-LONDRES
“La etapa intermedia de su vida es la más diversa”, apunta el vocal del Colegio de Ingenieros. “La Península, París, Inglaterra… y hasta un viaje frustrado a Cuba”. De hecho, Ruiz de Gopegui señala un primer panel al inicio de la exposición: un retrato de Agustín de Betancourt y un mapa de Europa, “que puede considerarse otro retrato suyo, ya que la recorrió en coche de caballos”. Las memorias sobre las minas de Almadén le dieron fama de especialista y ello le valió una beca de la Secretaría de las Indias para profundizar en París sobre la geometría y la arquitectura subterráneas. Acompañado de su hermano José, priorizaron las visitas de las instalaciones portuarias de Brest, Lorient o Cherburgo (todas en Francia). En ellas, prestaron atención a los sistemas de poleas para la marina militar, de los que José tenía que desarrollar su fabricación en España. Primer trabajo como espías. El objetivo era descubrir en Francia el secreto de producción de dichas poleas, inventadas en Inglaterra, pero cuya técnica había sido robada por la marina francesa tiempo atrás.

Su reinvención de la máquina de vapor británica facilitó el acceso mundial a esta solución

“A pesar del éxito total de la operación, que movilizó a una compleja red de actores franceses, españoles e ingleses, España no pudo capitalizar sus resultados por la inestabilidad política y las disfunciones burocráticas”, cuenta el libro de la exposición. Casi un parafraseo de aquel refrán que habla de cómo dificultar lo sencillo por medio de lo inútil. Su segunda labor de espionaje sí dio sus frutos. Viajó a Gran Bretaña en tres ocasiones como enviado de la Corona Española y se le acreditó como tal en visitas a las fábricas de Watt & Boulton en Birmingham, y en Albion Mills en Londres para conocer la máquina de vapor del ingeniero mecánico James Watt. Llegó incluso a observar el mecanismo a escondidas, de noche, y escondido detrás de un muro. Le valió un papel para bocetar y un vistazo para reinventar (que no copiar) el modelo de Watt. A partir de ahí, el mundo accedió a la patente de la máquina de vapor de doble efecto. Al ser una reinvención de la máquina de vapor, de patente exclusiva británica, facilitó su aplicación para industrias textiles o para dispositivos de limpieza en los puertos y vías navegables interiores, y dejó a los británicos con las ganas de demandarle.


MADRID-SAN PETERSBURGO
En un nuevo paso por Madrid, Betancourt participó en la construcción una línea de telégrafo óptico entre la capital y Cádiz, en la supervisión de obras como el Canal de Castilla, en la creación de puentes y caminos para el paso del cortejo real por Aragón, Valencia y Catalunya, y también inspeccionó catástrofes como la rotura de la prensa de Puentes en Lorca (Murcia). La tragedia causó la muerte de 600 personas y revoluciónó a la opinión pública, que comenzó a estar muy a favor de la existencia de ingenieros bien formados. También le dio tiempo a dirigir la fábrica de algodón de Ávila. A los 50 años se encaminó hacia San Petersburgo y nunca regresó de Rusia. Allí participó en un gran número de edificaciones e infraestructuras y su labor fue decisiva en la reconstrucción de San Petersburgo y Moscú. Colaboró con un gran número de técnicos, arquitectos e ingenieros de distintas partes de Europa a los que él mismo formó y que después investigaron cuestiones fundamentales sobre construcción, transporte y técnicas de vapor.

‘Ensayo analítico sobre construcción de máquinas’, en cuya redacción participó Agustín de Betancourt en 1820 | Fundación Juanelo Turriano

En 1820, creó una comisión de proyectos para prevenir daños en el transcurso de las obras, “al tiempo que ponía freno a las ambiciones y abusos de los contratistas y maestros de obra”, según cita el libro de la exposición. Esa comisión analizó todo: puentes, muelles, esclusas, canalizaciones, embarcaderos, puertos, viviendas y edificios industriales, molinos, iglesias, carreteras, barcos, máquinas de vapor, dragas, obras cartográficas, máquinas quitanieves… La lista ocuparía este reportaje entero. Allí ideó una draga de vapor para la limpieza del puerto de Kronstadt que estuvo en funcionamiento durante años. Por otro lado, diseñó una esclusa de émbolo buzo para sustituir a las ovaladas tradicionales de los canales de navegación, muy costosas y con un consumo excesivo de agua. “Hay que situarnos a principios del siglo XIX, donde se creía que los canales eran el futuro del transporte y Betancourt ideó esta esclusa, que ahorraba mucha agua en un país donde nunca ha sobrado”, explica Fernando Ruiz Ruiz de Gopegui.

“Hoy en día, con el ferrocarril o el teléfono, apenas nos acordamos de lo que aquello supuso, que fue mucho”, afirma el vocal del Colegio de Ingenieros. Su legado permitió que, pese al cierre de la Escuela de Caminos durante el reinado de Fernando VII, el gremio continuase dando forma a los nuevos tiempos modernos y desarrollando su labor en España durante el siglo XIX. De repente, había cundido la idea de que el país necesitaba profesionales especializados en las obras públicas. La profesión se consolidó y el desarrollo de los transportes terrestres y fluviales, la modernización de los puertos y las conexiones desde el interior de la Península con los puertos del norte de España, como el de Santander, llegaron enseguida.

A ello se unió la liberalización del comercio con América, que alentó a los puertos a modernizar sus infraestructuras y prepararse para acoger embarcaciones más grandes. Por ejemplo, según recoge el libro de la exposición, Santander se perfiló ya en el siglo XVIII como ciudad portuaria. Mientras, ingenieros militares rediseñaron el puerto de Málaga, cuyos muelles 1 y 2 son herencia de aquella época. Nada que hubiese sido posible sin una figura que señalase el camino, por desconocida que fuera para el grueso de la población. “Hay una anécdota de un viaje que hizo Mijail Gorbachov a España en 1989 y en su discurso manifestó su satisfacción por venir a la tierra de Agustín de Betancourt”, narra Ruiz de Gopegui. “Al Rey y a Felipe González apenas le sonaba el nombre”.