22 de octubre de 2021 | Actualizado 19:02
Un cuadro de equivalencias, una balanza, un celemín y una regla plegable | Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital / Shutterstock / Pixabay

¿Sería posible la logística y el transporte sin toneladas ni kilómetros?

Implantar y extender el sistema métrico decimal no fue tarea sencilla, pero sin él viviríamos confundidos en un enredo de pesos y medidas

“Con 15.087 varas castellanas de longitud, un desnivel de 0,26 leguas valencianas y una altura de 1.886 varas, el puerto de L’Angliru en Asturias es una de las cimas más temidas. La zona de la Cueña de les Cabres, a 0,53 leguas marinas de meta, cuenta con una pendiente en la que los ciclistas se retuercen. Correos ha tenido que contratar una grúa todoterreno para realizar la subida del remolque de prensa, ya que debido a las curvas de casi 6,28 radianes, no era posible realizar el ascenso con un tráiler común”. Así habríamos contado la logística de la Vuelta Ciclista a España desde Valencia. Por poner otro ejemplo, si se escribiera desde Oviedo o Valladolid, las cifras y las unidades habrían sido distintas. Y en Badajoz, a saber a qué equivaldría una legua valenciana sin el sistema métrico decimal, del que se acaban de cumplir 142 años desde su uso obligatorio en España, y sin el que ningún sentido tendría ni el comercio global, ni la logística ni el transporte en la actualidad.

El profesor e investigador Fernando Ros recoge en su libro ‘Así no se mide: antropología de la medición en la España contemporánea’ todo un abecedario: alcántaras, azumbres, fanegas, celemines, libras, varas de Aragón, leguas, onzas, palmos… Y no es lo mismo una arroba de vino que una de aceite, ni una fanega de trigo de La Mancha que una de arroz de Valencia. En 1790, con la Ilustración aún reciente, el legislador francés Talleyrand llevó a la Asamblea Nacional una propuesta para establecer un sistema de pesos y medidas universal, basado en la naturaleza y que todo el mundo entendiese. “Tomó como raíz la latitud de 45 grados de la Tierra, que permitía compensar el achatamiento por los Polos”, explica José Vicente Aznar, autor de una tesis sobre el sistema métrico decimal y catedrático de Matemáticas en el Liceo Español de París.

Juan Bravo Murillo

Los primeros prototipos del metro y el kilo se presentaron en la capital francesa en el que se considera el primer congreso científico de la historia. El nuevo sistema debía ser funcional, a la medida de las cosas a cuantificar, del hombre que las usaría, y con unidades que se dividieran de 10 en 10. En España, la existencia de tantas unidades era incompatible con obras logísticas como la de El Escorial o con un mercado nacional con conexiones de ultramar. Por ello, en julio de 1849, el ministro Juan Bravo Murillo defendió ante las Cortes un desconocido sistema de medición extranjero del que escuchó que acabaría con una monarquía de cinco siglos.

El progreso económico era imposible en tanto que España enlazó seis etapas de vaivenes políticos y cuatro leyes fallidas para implantar el sistema métrico decimal, según recoge Ros en su libro. Mientras la fecha de la llegada definitiva del nuevo sistema se hacía de rogar, los funcionarios designados por el Gobierno de Isabel II se desplazaban a los pueblos para intentar conocer y registrar las medidas de cada lugar. Al llegar, además de enfrentarse con una opinión pública que no confiaba en ellos, se encontraban con un caos de sistemas que variaban entre localidades, comarcas y provincias.

Acordió

PRINCIPALES OBSTÁCULOS DEL SISTEMA MÉTRICO EN ESPAÑA

Los primeros problemas para poner el nuevo sistema en marcha fueron de tipo técnico, puesto que harían falta poner en circulación “centenares de miles de colecciones de pesos y medidas métricos, y para ello era necesaria una industria que fuese capaz de fabricarlos”, explica el catedrático José Vicente Aznar. Tanto es así que esa industria no llegó a consolidarse en España hasta finales del siglo XIX y en muchos casos hubo que importar pesos, medidas e instrumentos principalmente de Francia.
Ante un reto nuevo como ese, hubo que constituir un mecanismo administrativo de control metrológico que vigilase periódicamente los instrumentos en circulación. Para ello, hubo que organizar una almotacenía en todas las provincias. No fue hasta 1849 que se creó la Comisión Permanente de Pesas y Medidas como órgano consultivo del Gobierno y cuya misión era establecer las equivalencias entre las viejas y las nuevas medidas.
La sociedad no parecía nada convencida de que el nuevo sistema fuese a funcionar. El sector farmacéutico fue uno de los que más batalla dio, junto con los municipios que percibían desde hacía años rentas y exigencias de pago de impuestos. Por otro lado, las áreas rurales no veían con buenos ojos una imposición así de parte del Estado. “La estandarización nacional era la estrategia final del Estado y el control de los transportes, el mercado y los sistemas locales de medición ponía un cerco a la cultura de subsistencia campesina”, explica Fernando Ros en su libro. Para ellos, la tierra era algo más que una medida y medir aquello que les daba de comer era completamente secundario.
Dado que cada territorio medía en unidades diferentes que no tenían por qué coincidir ni en nombre ni en valor numérico, la tarea de recopilación, puesta en común y unificación fue inclasificable. Los asesores de la Comisión de Pesos y Medidas tuvieron que recorrerse toda la geografía española registrando cada una de esas unidades para luego realizar las tablas de equivalencia al nuevo sistema de medición.
El sistema métrico decimal penetró con relativa facilidad en las administraciones y la señalización de caminos, pero chocó de lleno con las costumbres sociales. “Una nomenclatura, la grecolatina, ininteligible, con un misterioso sistema de comas móviles que permitía cambiar de unidades y que para la gente resultaba incomprensible…” enumera el catedrático José Vicente Aznar. Además, el nuevo sistema era francés y planteaba unas unidades de medida extrañas para un país con una tasa de analfabetismo de más del 70% que perduró hasta el primer tercio del siglo XX. Las carencias del sistema educativo tampoco ayudaron: “Se mantenía la enseñanza de los sistemas tradicionales, y existía demasiado arbitrio de normas para desterrar su uso y bastantes demoras en la enseñanza y aplicación del nuevo sistema”, escribe Fernando Ros.
El clima de crispación política tampoco ayudó y hubo que plantear varios decretos para aplazar la adopción del sistema. El último de ellos fue en 1879, en plena normalización con la Restauración, cuando se dio un gran empujón al proyecto.

Poco a poco, la labor de los maestros en las escuelas se hizo imprescindible para resolver estos problemas, especialmente en el campo, donde las leyes eran propias. “Dejaron escrita una importante producción bibliográfica sobre el tema”, sostiene el catedrático José Vicente Aznar. La llegada del nuevo sistema comenzó a provocar debates científicos en la esfera pública durante más de medio siglo que “iban desde los fundamentos de la aritmética hasta la poesía o el sainete teatral”.

También fue imprescindible la Comisión Permanente de Pesas y Medidas, que recopiló desde 1849 miles de informes provinciales de los tipos de pesos y medidas en una tarea gigantesca publicada en la Gaceta de Madrid, precursor del actual Boletín Oficial del Estado (BOE). Tras la disolución de dicha comisión permanente en 1975, nació el Centro Español de Metrología. Según cuenta Aznar, las equivalencias métricas se presentaron en cientos de ediciones, limitadas solo a las más comunes. “Hacerlo extensible a todos los pueblos sería un tema abierto actualmente que puedo asegurar que nos llevaría años poder elaborar”, relata el profesor. Gráficamente, sería como registrar en un Excel cada una de las medidas utilizadas en cada pueblo de España con ayuda de una calculadora inexistente sin la numeración decimal.

EL PRIMER ESLABÓN PARA CREAR EL COMERCIO GLOBAL
“Sin él, el comercio no hubiera sido. Las medidas funcionan cuando vamos a la compra, pesamos, pasamos por caja y volvemos a casa en Metro”, reflexiona el responsable de Documentación y Logística del Centro Español de Logística (CEL), Javier Cordero. Precisamente, encuentra en el Metro un mecanismo que tampoco tendría nombre sin el sistema métrico decimal. “En términos logísticos, hay cantidad de movimientos en el Metro hasta que se pone en marcha. No nos damos cuenta porque vivimos todos los días en él, pero es eso lo que lo hace vital”.

También el transporte por ferrocarril tuvo que sortear la diferencia del ancho de sus vías respecto a Europa, aun con el sistema métrico decimal. La particular orografía española exigía una maquinaria más grande y potente y un ancho de vía mayor, lo que se traducía en cambios de mercancía en las fronteras que encarecía los viajes, factura que hoy día aún estamos pagando. La anchura de las plataformas se fijó entonces en seis pies castellanos (1.672 milímetros), recuerda Javier Cordero, frente a los 1.435 de las vías europeas, el que se ha impuesto hoy día como ancho UIC o estándar. “Varios países comenzaban a transformar sus anchos de vía en otros de mayor dimensión, sobre todo en la Europa central y nórdica”, cuenta el catedrático de Matemáticas José Vicente Aznar. Por ello, en España se decidió un ancho de dos varas o seis pies (1.668 milímetros), el conocido en la actualidad como ancho ibérico.

Si ha llegado a este último párrafo imaginando un mundo complejo, sepa que aún hay quien habla de ferrados, barchillas, cuarteras o arrobas. Fernando Ros dedica en su libro un capítulo entero a las medidas tradicionales de la agricultura valenciana y el matemático José Vicente Aznar asegura que en el campo “las arrobas se manejan con total naturalidad, aunque todo el mundo conoce su equivalencia en kilos”. Por su parte, Javier Cordero cuenta que “en algunos sitios me he encontrado a gente mayor que conserva esas denominaciones. Es bonito, hasta que tienes que convertirlo a otras unidades porque no entiendes nada”. Ahora, si puede calcularlo, intente alquilar una parcela de una fanega (es decir, 6.355 metros cuadrados) en Madrid por 1.337.740 perras gordas (804.000 euros) a una empresa que transporta 132.277 libras (o sea, 60 toneladas) de mercancía de Barajas a Baleares y Canarias.